miércoles, 22 de mayo de 2013

SENTADO EN UN BANCO


A veces está bien. Mirar la vida
y el mundo desde un banco. Esta
mañana me senté en uno de la calle
Serrano. Leía. Luego alcé la vista
y vi pasar a la mujer del Presidente
del Gobierno del brazo de su hija:
un hombre las perseguía a tres
metros, ni uno más ni uno menos, pegado
a las casas, sorteando a la gente
y todos los obstáculos como alma
en vilo. Luego pasó Mendoza, el ex
presidente del Real Madrid, y
entró en el portal de enfrente,
por donde tenía que salir E.
tarde o temprano. Bueno, pensé,
de presidentes va la cosa... Pero E.
no llegaba y un poco después
transcurrió el escritor
Juan Bonilla. Lo miré alejarse. Se
alejó como todos, aunque —argüí—
no todos caminaban igual: el aquí estoy
de la mujer del presidente y su hija,
ambas a la par; el tengo veinte años
del señor Mendoza; el no estoy
seguro de existir pero aquí vengo
a pesar de todo del escritor...
Es admirable —pensé sin venir
a cuento—: Bonilla, tan joven,
y ya anda por la vida como si
el mundo fuese una biblioteca.
Luego bajé la mirada y continué,
tranquilamente, leyendo a Luis
García Montero.

Poema incluido en el libro Cuadros de Hopper (Ministerio del Aire, 2002)

martes, 23 de abril de 2013

SOY HOMBRE DE UNA SOLA MUJER Y ESA MUJER NO LA TENGO


Paraluz (Nicolás Melini, Madrid, 2003)


Él es
un
viejo cono-
ci-
d
o

un poco
mayor que yo,
unos

treinta-
i-
cinco,

pero ahora
está loco y

me ve
en una terraza
y se acerca
y me

pregunta que si

puede sen-
tarse.

Al principio está bien,

pero en-
seguida

cae
en un pozo
de

melancolía

y terror
y

no

le salen las palabras.

Soy
hombre

de
una sola

mujer y
esa
mujer
no la tengo,

dice

desde allá
a-
dentro,

se repliega en la silla
y deja de mirar a ninguna parte,
pendiente de

todo

aquello
que está sucediendo
en su
in-
te-
rior.

Tu no
me comprendes

cuando
y-
o

te

digo esto, ¿verdad?

Yo lo miro tran-
quilo,

observo

que
trata de contener
sus senti-

mientos, y
luego
le
digo que

sí,

que
claro que
lo comprendo;

la man-
dí-
bula
se
le desen-
caja
y
no
me mira.

¿Tú te estás
tomando la medicación, B.?

Sí, dice
él;

un


tajante,
convencido, pero

lo que me sienta mal
no,

lo que me sienta mal no me lo tomo,
pro-
tes-
ta.

Yo lo miro
sin demostrar la menor emoción…

Tienes que tomarte
la medicación, B.

¡Lo que me envenena no!,

¡de eso nada!, di-
ce

él,

¿¡me dan algo que me sienta mal
y yo me lo tomo!?,

niega;

ahora
se
le
de-
senca-
ja

la
mandíbula
de
nuevo,

los dientes de arriba
no le coinciden con los de abajo
y hace un gran esfuerzo
para contener
sus

temblores.

Tío,
tienes
que hacer
caso y tomarte
la medicación…,

pero

él
sigue negando.

También
di-
ce
que
se va a marchar para casa,
aunque
con anterio-
ridad
ha
comen-
tado
que piensa ir a la procesión.

Le pregunto
si
es creyente
y él dice que no, pero
que así se entre-
tiene.

Me
voy
para ca-
sa,

vuelve a decir.

Me voy para casa como
si tuviese
que

huir de algo,

de este instante tal vez o
lo que pudiera estar pasándole

por dentro,

pero se queda ahí sentado
hasta que le recuerdo
que me tengo
que ir,

que he quedado; lo cual
es cierto,

aunque temo que pueda
pensar que huyo
de él
y
sus
temblores

(temo que pueda ofenderse o
creer que le doy la espalda y
se ofusque y ponga violento)

sin embargo reacciona y
se pone en pie
y de pronto
es como
si se

hubiese
liberado

de su angustia y

me despide
tan nor-

mal.

Poema perteneciente al libro Los chinos (Vitruvio, Madrid, 2012)

domingo, 14 de abril de 2013

LO QUE PASA

 
Lluvia y gaviotas (Nicolás Melini; Malpica, Galicia, 1999)

Lo que pasa
es
esta
tristeza
hermosa, quien
quieres que esté
a tu lado no
está, es-

lejos y
este bonito día
no puede
hacer
nada
para arreglarlo;
las cosas son
así,
tienes que
comprender
que las cosas son así,
no sirve de nada
chillar
que las cosas
son así,
vayas donde
va-
yas
al fin y al cabo
estás buscando, buscando, buscando,
haces esto
y
lo
otro
pero en realidad
estás buscando,

eso es,

y hablas
con esta mujer,
tiene 24
y es bonita también
y lista cuando
habla
y
cuando sonríe y
tal vez podría quererte
como nadie nunca
aunque no
lo crees,
no
lo
cre-
es,


no
lo
cre-
es.

Poema perteneciente al libro Los chinos (Ediciones Vitruvio, 2012)

domingo, 17 de marzo de 2013

SINAANGAS*



          Empiezan a llegar a la casa poco antes de la una y media. Dejan sus abrigos en el perchero del pasillo y, entre saludos y sonrisas, se vienen a la cocina, donde Sárata y Mari preparan el arroz.
          —Salamalecum —Malecunsalam —Sa wa? —Sa wa bien —Nangadef? —Mangifi.
          Las botellas de mosto y los tetrabiks de zumo de frutas aguardan en fila sobre la mesita redonda. Los recién llegados se llaman Amy y Musa y Umi. Por la ventana puede verse un día muy bonito, luminoso, aunque más frío que ayer.
          —Salamalecum, sa wa? —Malecunsalam, sa wa bien —Nangadef? —Mangifi.
          Llega más gente y reparo en su forma de saludarse tantas veces; en francés, en árabe, en wolof, respetuosos y tímidos. Es algo que siempre me hace sonreír, y creo que a ellos también.
         María José, Mama, Hasan, Tumbul, Signou, Rosalie y su niña son los que van llegando.
         —Hola qué tal —me dicen a mí, así de corrido.
         Cocidos en su jugo, los pimientos rojos relucen en un recipiente aparte. El arroz ya está en su color, y Sárata se apresta a extenderlo sobre grandes bandejas redondas. Mientras, tratamos de acomodar a los invitados en la sala, alrededor de la mesa.
         Varios hombres ocupan los sillones, Amy coge el que queda libre y el resto son sillas. Helena, la niña de Rosalie, corretea entre ellas y se contorsiona hacia nosotros, mientras algunas mujeres pasan a la cocina y otras se pierden en las habitaciones.
         Aunque yo no vivo aquí, permanezco al tanto de si les surge alguna duda al resituar cualquier cosa que les estorbe.
         Suena el timbre, la puerta la abre el que está más cerca y entran los ni-ños de Rugui seguidos de su madre. Ella ha hecho las trenzas de Sárata; Rosalie las de Mama.
         Musa se ha puesto a hacer fotos con su teléfono móvil y se dirige al niño mayor de Rugui. Éste le enseña la lengua, pero la pequeña, sin embargo, permanece retraída junto a la pierna de su madre, mientras es recibida por unos y por otros.
         —Nangadef ? —Mangifi —Salamalecum —Malecunsalam —Sa wa? —Sa wa bien —Naca afaeri? —Sa wa, sa wa…
         Tanto Rugui como Rosalie trenzan los fines de semana, y, en otro tiempo, la segunda se ganó la vida exclusivamente de esta manera, trabajando en Niuma, una peluquería cercana a Gran Vía. La dueña, una empresaria muy próspera, tiene su propia línea de productos de belleza; su nombre en todos los recipientes.
         Mama cuenta algo y todos ríen.
         Y creo que sé lo que ha contado porque ha terminado con unas pala-bras en castellano y conozco la anécdota: poco después de haber llegado a España fue a una mercería enfrente de su casa, a comprarse unas medias. La mercera le preguntó que si las quería “negras” o “color carne”. “Color carne”, respondió ella. La mujer fue a buscarlas, pero antes de entregárselas cayó en la cuenta: el color de Mama era negro. “Ay, perdón”, se turbó con las medias color carne en sus manos. “No pasa nada”, la tranquilizó Mama. La mercera y Mama, después de aquello, se habían hecho muy amigas.
         Tumbul y Tafa y Papís, en los sillones, conversan esperando la comida. Todos se cuentan la vida, lo que hacen —hablan mucho de trabajo—, y se informan de lo sucedido a los amigos ausentes hoy. Entonces Sárata y Mari traen el arroz al salón y todos nos organizamos en torno a la mesa, al tiempo que Signou termina de contarme algo que ha dicho Amy: una prima suya que vive en Italia desde hace cinco años, hace unos meses regresó a Senegal por primera vez y se gastó en unas semanas todos sus ahorros, ¡30.000 euros! Compró de todo, repartió a todo el mundo, familiares cercanos y lejanos, y regresó a Italia sin nada, a empezar de cero. Cuando termina de traducirme, Amy y Tafa me miran y retoman la expresión de escándalo que han puesto al final de la anécdota cuando la ha contado la propia Amy. “Hay que cuidarse del complejo de indiano”, comento cuando ya la comida se ha convertido en el centro de atención de todos.
         Hasan coge una cámara digital y nos pide que esperemos un poco, que hay que hacer una foto. Pero pocos le hacen caso, así que la foto no será de grupo. Van posando de dos en dos, de tres en tres, alrededor de la mesa, deteniendo sus cucharas sólo para la instantánea. Cuando llega a nuestro grupo, Umi se apresura a retirar de la mesa las botellas de mosto, no sea que alguien las vea en Senegal y piense que han estado bebiendo alcohol. Luego posa también, delante de uno de los grandes platos de arroz, precisamente el que compartimos con Signou, Tamba y Sárata.
         Mama ha preferido comer con las manos, como haría si estuviese en casa, y María José, que la conoce bien, dice que quiere epatarme. Pero yo sé que no es verdad. Observo cómo lo hace y comprendo que yo no sabría. Ella coge un poco de pollo, un poco de arroz, un poco de salsa y, mientras habla, lo prensa entre los dedos y la palma de su mano. Si yo tratara de coger el pollo y el arroz así, probablemente acabaría pringado de comida hasta las muñecas (¡si no hasta los codos!), que es lo que le sucede a los niños en su país cuando están aprendiendo a comer. Como yo no puedo comportarme como un niño a estas alturas, cojo mi tenedor y como y escucho a Amy decir alguna cosa que por supuesto no entiendo.
         Siempre me ha agradado la elegancia discreta de Amy. Estudió literatura española en la Universidad Cheikh Anta Diop de Dakar, como Mama. Luego trabajó de secretaria en una empresa familiar, hasta que se quedó sin empleo y emigró. Aquí, Amy trabaja en una casa, y a mí me da un poco de pena porque la veo muy sola —su marido allá— y porque, aunque ella no lo diga, me da que esa familia no la trata como se merece.
         Miro las bandejas redondas, cómo va descendiendo su contenido desde todos los rincones. Conforme voy comiendo del mío me doy cuenta de que en ningún momento me ha faltado comida. Mi lado de la bandeja siempre ha estado lleno, y no porque yo haya rebasado la línea meridional para coger del rincón de otra persona —algo que ya se me ha explicado que sería de mala educación—, sino porque Mama va desmenuzando el pollo con sus dedos y me lo deja delante, de una forma imperceptible, casi mágica. Si ella me desatiende, Umi se ocupa, sin decir nada, sin hacer aspaviento alguno.
         Ahora que lo pienso, Hasan es el único de todos ellos que vino en patera. Me dicen que si hubiera esperado un poco, si hubiera tenido una pizca de paciencia, sus hermanos, que ya estaban aquí, hubiesen conseguido traerlo. Pero él no podía esperar más, harto de depender de los suyos, de ser una carga, de no tener trabajo y, por lo tanto, de no poder plantearse nada respecto de su futuro: ni casarse, ni tener hijos, nada. Ahora él y su hermano Signou trabajan en la construcción. Musa, sin embargo, lo hace para una subcontrata de Telefónica; y, en el caso de Tamba, que también fue obrero a su llegada, ahora es mecánico en una empresa grande, que al parecer repara miles de coches —no sé si al mes, al día o al año.
         Miro las botellas de mosto aún sin abrir y sonrío. Nunca beben mien-tras comen, sino después. Sólo María José y yo hemos pedido que se nos sirva bebida.
         Aún no han terminado todos y echo en falta a Mari y Sárata. Comprendo que deben de estar de vuelta en la cocina y, como en este momento me aburro, aprovecho que muchos abandonan la mesa para ocupar los sillones y repartirse por el salón, y voy para allá. Me las encuentro en medio de un espectáculo de cazuelas enormes ya vacías, manipulando un barreño del tamaño de una espuerta lleno de chacri. Es el postre (un postre blanco y líquido, con granitos de sémola, que a mí me gusta mucho), y les digo que si puedo ayudar en algo. Lo digo en broma, pues sé que yo ahí no pinto nada, no sabría qué hacer ni cómo. Pero ellas ríen y se diría que les divierte que yo ande por ahí con mi socarronería habitual. O al menos eso me parece.
         Luego oigo música y regreso al salón, donde la mayoría, por fin, se sirve la bebida (el mosto, el zumo) y Helena baila con Rosalie. También Rugui se apunta y comienza la danza. Alguien ha puesto un CD de música diola y aquí casi todos son de esta etnia. Se trata de una grabación realizada en una aldea, al natural, y, al ritmo de las palmas, los palos y las voces, uno puede imaginarse un gran corro de hombres y mujeres cantando y bailando. Aunque aquí no es necesario imaginar nada, porque están Rosalie y Rugui y se incorpora Musa, todos animan desde sus asientos y, como llego justo en ese momento junto a los que están de pie, me invitan hacia el interior. ¿¡Yo!?, digo con las manos. Tras un momento de indecisión, entro y realizo tímidamente un par de movimientos —pasos que he visto en ellas y por lo tanto puedo imitar— para salir por el otro extremo. Todos ríen a carcajadas viendo a este español bailar y decir yeway; probablemente con ademán y maneras de mujer, más que de hombre, por otro lado.
         Trato de imitar sus palmas y Mama se me acerca y me comenta que, en la cocina, Mari y Sárata le han dicho que no hay derecho, que el único hombre que les ha ofrecido ayuda he sido yo, y que en la próxima reunión de la asociación de los diola lo van a decir, que ya está bien. Divertido y estupefacto (no doy pie con bola dando palmas) le digo que yo no pretendía… que en realidad mi oferta era en broma… y que preferiría que no me metiesen en… Pero ella me responde que no me preocupe, que la razón que les haya llevado a querer plantearlo no importa, se arremanga la falda y entra a bailar. Un grito agudísimo acompaña su ingreso en el corro; las lenguas de fresa vibran en las bocas de Rosalie y luego de Sárata, y veo que Helena da brincos delante de su madre, mirando a Mama bailar tan flamenca ella.
         Los padres de la dueña de la casa, María José, han sido profesores hasta su reciente jubilación. Su padre de literatura. Y, como esta fue su casa hasta que se la traspasaron a ella, las estanterías del salón están llenas de libros. Todos nuestros clásicos están ahí: Garcilaso, Góngora, Quevedo, Cervantes, Galdós. Y a los libros del padre y de la madre que, por alguna razón, no se llevaron cuando se mudaron de casa, se le han ido juntando los libros de su hija y de alguna de las inquilinas que ha venido a compartir el piso con ella: Capote, Borges, Kafka, Dostoievski… Incluso he podido encontrar una antología de un joven poeta vasco que a mí me gusta mucho: Karmelo C. Iribarren.
         Un rato después —ya casi hemos hecho la digestión— se reparte el chacri y, los que no bailan, comen.
         Baaba Maal, Youssou Ndour, Ismael Lô…
         En cuanto suena un tema que me gusta salto a bailar:
         —Yeuguentil yeuguentil yeuguentil, ma khol sa poeintirrr… —El baile senegalés puede ser un tanto indecoroso—. Yeuguentil yeuguentil yeuguentil, ma khol sa poeintirrr… —las canciones en wolof, en diola, en mandingo, en pular… con un poquito o un mucho, según venga al caso, de francés—. Yeuguentil yeuguentil yeuguentil, ma khol sa poeintirrr… —Me dicen que esta letra hace referencia a una falda que debe levantarse, dizque para que podamos saber “su talla”—. Yeuguentil yeuguentil yeuguentil, ma khol sa poeintirrr —la versión senegalesa de “por la raja de tu falda yo…”, supongo—. Y como es invierno y oscurece antes se nos va a juntar la comida con el anochecer. Ya son las seis, y mientras unos bailan y otros conversan cada vez más animadamente, hay quien se recoge: veo que Musa pregunta a María José dónde está el este (lo sé por sus gestos), María José le indica y le da una toalla y él se adentra hacia las habitaciones… —Yeuguentil yeuguentil yeuguentil, ma khol sa poeintirrr—. Por alguna razón inextricable hay una cruz celta sobre la puerta del salón. Nuestros clásicos y la cruz celta y los muebles antiguos de los padres de la dueña de la casa.
         —¡¡¡Yeuguentil yeuguentil yeuguentil!!!
         —¡¡¡Ma khol sa poeintirrr!!!
         —¡¡¡Levanta tu falda que quiero ver qué talla gastas!!!
         Y por fin Mama me anuncia que nuestra hija se ha despertado. Va a darle el pecho.
         —¡¡¡Yeuguentil, yeuguentil, yeuguentil!!!
         —¡¡¡Ma khol sa poeintirrr!!!

*Sinaangas, arroz ya concinado, en diola.

Cuento perteneciente al libro Pulsión del amigo (KRK, 2010)

domingo, 10 de marzo de 2013

PATINAJE


Llego al portal de casa,
caminando por la acera, tarde
a las cuatro, y antes de entrar
descubro unas viejas botas de patinar
sobre hielo que hay clavadas
en un árbol. Nunca
había reparado en el árbol
este que ahora sé que hay
frente al portal de mi casa.
Pero me acerco. Miro los patines.
Es extraño, pienso:
Madrid, mayo, unas viejas
botas de patinar sobre hielo
clavadas en el tronco de un árbol
de la acera —una clavada
con la hoja hacia arriba y
la otra colgando del cordón
con la hoja hacia abajo.
Los cordones anudados. La
una anudada a la otra...
No es una invención, acaba de
suceder. No se trata
de una imagen surrealista
que yo haya querido elaborar aquí,
ahora. En absoluto...
Y siento primero el impulso
de subirlas a casa —dejarlas
en medio del salón para que E.
se las encuentre por la mañana,
mientras yo duermo aún,
y se pregunte de dónde
han salido—, y luego
sin embargo, me persuade
el reparo que suelo sentir
ante todo aquello que no es
de mi propiedad.
Así que las dejo ahí y subo
a casa y decido escribir
un poema. Este poema.
Sin cuestionarme siquiera
si hay algo de poesía
en todo ello, pero convencido
de que alguien estará
gritando ahora mismo que no.
No importa realmente...
También tengo la certeza
de que alguna otra persona
sabrá de qué estoy hablando. Sí,
seguro. Unas viejas botas de patinar
sobre hielo... Clavadas en el tronco...
Como diciendo este árbol
está aquí...

De Cuadros de Hopper (Ministerio del aire, 2002)

sábado, 9 de marzo de 2013

AQUÍ NADIE SABE (QUÉ) COBRAR



En España se suceden las manifestaciones de descontento de quienes hacen algún trabajo artístico o de contenido y no ven modo alguno de cobrarlo adecuadamente. Se habla mucho del desprecio de la sociedad española hacia los artistas (cineastas, escritores, músicos, fotógrafos, artistas plásticos, intelectuales…) Pero, aunque la crisis financiera ha intensificado el número de manifestaciones en este sentido, no parece que la situación económica de los artistas se deba a ésta; el problema es anterior a la crisis y más profundo. No es una cuestión de liquidez, una liquidez que en el caso de los artistas se recorta hasta extremos muy por encima de la disminución de ingresos del resto de los sectores de la sociedad. En España, los artistas no han sabido cobrar tampoco cuando  había crédito y liquidez.

Se da la extraña situación de que en este país se ha impedido desde las instituciones y la legislación que los sectores creativos puedan establecer tarifas, un marco regulado en el que funcionar. Ni siquiera aquellos grupos de creadores que han conseguido organizarse en torno a una asociación, como los guionistas, han conseguido establecer unas tarifas orientativas en su sector, siendo éstas ilegalizadas por una “ley de la competencia”, nada menos. Esta situación desregulada se extiende a todos los creadores de contenidos del país. Aquí nadie sabe lo que tiene que cobrar, pero, lo peor de todo, ningún empresario sabe lo que debe pagar. Más papistas que el Papa, nos hemos instalado en el neoliberalismo más salvaje que pudiera ponerse en práctica. Ni siquiera en Estados Unidos se produce un grado tal de indefensión entre los creadores. En Estados Unidos, unos férreos sindicatos imponen a los empresarios de cada sector unas tarifas mínimas y se impide que la gente trabaje gratis y sea explotada. Aquí, sin embargo, se diría que somos alérgicos a que nadie nos diga lo que hacer y cómo hacerlo, esto es la ley del más fuerte, sálvese quien pueda, pasando por alto que el más fuerte es el empresario –de prensa, de cine, editorial…–, y el débil, ya se sabe.

Esto ha propiciado que una enorme cantidad de creadores de contenidos subsistan en el limbo del amateurismo, no porque no circule dinero gracias a sus creaciones, sino porque ese dinero que circula se emplea para todo menos para pagar a los creadores. Así, al tiempo que reparten beneficios entre sus socios y accionistas, hay periódicos que han establecido como norma nutrirse de articulistas, fotógrafos (etc.) que trabajan gratis. Multitud de empresarios sacan adelante proyectos editoriales (revistas semanales, mensuales, diarias) cuya existencia se basa en no tener que pagar a ninguno de sus colaboradores. Productores de cine no retribuyen ni con el 3% del presupuesto a los guionistas de películas que cuestan más de 2 millones de euros. Muchos editores se ahorran pagar a sus autores el 8 o 10 por ciento del precio de venta al público de sus libros, pues esos autores ni siquiera reclaman esa retribución aunque se encuentre estipulada en un contrato.

En realidad, ningún empresario que requiera de contenidos se ve del todo obligado a incluir en su plan de viabilidad el pago a los creadores, pues es algo que se pagará “si se puede”, y “si se puede no pagar, para qué pagarlo”. Para qué habría de pagar un empresario algo que necesita si puede obtenerlo gratis. Muchos de los que lo pagaban, si se han visto en problemas, han recurrido a no pagarlo: y son muchísimos años, décadas, caminando en esa dirección, pagando cada vez menos hasta no pagar nada, devaluando el precio del trabajo de los creadores hasta que, ahora, se produzca tal cantidad de situaciones en las que resulta prácticamente inconcebible que el creador deba ser remunerado.

Y sin embargo, los artistas y creadores de contenidos parecen temer como al demonio la posibilidad de asociarse, agremiarse, organizarse. Diríase que, unos más que otros, la mayoría de los artistas y creadores de contenidos quieren ser “libres” (neoliberalizados, más bien): el prurito de la libertad creativa como indefensión. Los creadores quieren permanecer en la intemperie.

Una de las quejas más habituales en el medio cultural español se refiere a la competencia desleal que muchos llevan a cabo al no cobrar por su trabajo, pero no se hace nada para acabar con esta, solo quejas y recomendaciones vacuas, cuando se podría trabajar para establecer mecanismos eficientes de control y regulación. Y otra de las quejas habituales en España es la de la enorme cantidad de creadores mediocres que pululan henchidos de autocomplacencia, pero lo cierto es que en España estamos fomentando que los distintos empresarios que requieren contenidos para su funcionamiento recurran a estos –incluso dependan de estos—, y los promocionen.

Qué daño podría hacer a los creadores un marco claro. ¿Acaso piensan los creadores que sometiendo a su sector a unas tarifas claras van a cobrar menos de lo que cobran ahora? Es todo lo contrario, de este otro modo acaban sin cobrar mediocres y excelentes. Lo cierto es que unas tarifas claras y cierta obligación de cumplirlas beneficiaría mucho a los mejores, que no verían cuestionado continuamente que deban cobrar por su trabajo.  Lo cierto es que, si el empresario está obligado a pagar unos mínimos, procurará recurrir a los mejores, mientras que ahora, tantas veces, recurre a los que no lo cobran, aún a costa de disminuir la calidad de lo que ofrecen –lo cual, tantas veces, ni siquiera significa un castigo, a corto plazo, por parte del público consumidor.

Hasta aquí nos ha traído que cada uno de los artistas y creadores de contenidos negocie por su cuenta (desregulados) con los empresarios de lo suyo. Aquí casi nadie sabe lo que tiene que cobrar o pagar, así que en tantos casos ni se paga ni se cobra; y los que saben, ven devaluado su trabajo hasta extremos que son insostenibles.

De nada sirve pedir respeto para la cultura o para el trabajo de los creadores, la responsabilidad mayor la tienen precisamente quienes se niegan a establecer unas reglas justas consigo mismos.

miércoles, 20 de febrero de 2013

LOS CAPITANES


No es en más democracia en lo que piensan las élites

Dicen que donde manda capitán no manda marinero, y nosotros no somos capitanes de este país. Los capitanes andan en horas bajas y planeando posibles cambios -o transiciones- de régimen. Leo por un lado que banqueros y grandes empresarios están horrorizados con la posibilidad de que Rajoy, ahora que había pegado tal tajo en derechos y recortes a la ciudadanía y parecía que "la economía" (la suya, se entiende) podía ir bien, tenga que dimitir dejándolo todo manga por hombro (rescatillos europeos y banco malo que es tan bueno para ellos como pelillos a la mar), que hay que hacer lo indecible para que Rajoy aguante; también que la estrategia decidida por el Gobierno para aguantar a pesar de todo (además de las mentiras y tomaduras de pelo por desgracia tan habituales últimamente), consiste en negarlo todo y conseguir (intervención del CNI mediante) que el caso Bárcenas-Gürtel llegue al juez vacío, para archivar por falta de pruebas o por pruebas incongruentes o improbables. Leo, por otro lado, que Luis María Ansón afirma que estamos ante un abismo tal que, si no se remedia, será el final de este régimen, y por ello propone la vuelta de Felipe González y José María Aznar para liderar al unísono una nueva transición -reforma constitucional incluida- en la que es necesario, según él, que los jóvenes menores de 40 años sientan que "han mojado en La Constitución" (ofrece algo, divide y vencerás). Leo a Luis Antonio de Villena que es una lástima que La Monarquía ande en horas bajas porque, en una situación como la actual, con los dos principales partidos como los zorros, vendría bien que el Rey, al frente de un grupo de tecnócratas, dirigiera la política del país.

Pero es que hace ya varios años que una gran cantidad de marineros-ciudadanos-demócratas ha dicho lo que quiere: más democracia, que el Gobierno haga lo que interesa al conjunto de los ciudadanos aunque sea en contra de los intereses de los capitanes, como por ejemplo en el caso de los desahucios. En resumidas cuentas, lo que quiere la gente es votar y decidir, no solo a los políticos, sino las políticas. ¿Y qué si eso supusiera el final del "régimen"? ¿Y qué si caen unos partidos y ascienden otros? Sin embargo, cuando el Gobierno y el principal partido de la oposición zozobran, no es en más democracia en lo que piensan las élites, sino en cómo dar un volantazo de autoridad y apuntalamiento totalitario, para que todo siga igual; porque donde manda capitán, ya se sabe, y les ha entrado un miedo horroroso a una inestabilidad cuyo río revuelto, tal vez, no sería bueno para el país. El país, como siempre, son ellos (por nuestro bien).

Publicado en Elapurón.com