Una cuestión etérea para cinco creadores (del cine y la literatura): Benito Zambrano, Fernando León Rodríguez, Ricardo Menéndez Salmón, Juan Carlos Chirinos y Alberto Morais
Nicolás Melini
Hay algo que he visto allí y que es tuyo y de nadie más. Qué es, me pregunto, y cómo lo has conseguido, que todos te identifiquemos con eso que no sabemos qué es pero que tú dispones ahí para nosotros, en tu narración, tu poema o tu película, por medio de un sistema complejo que combina elementos del lenguaje hasta revelarnos tu identidad como artista. Nos referimos, pues, a eso que no está en ningún lugar concreto de tus obras, sino en la suma de todos, sobrevolando lo tuyo, y que sin embargo, a pesar de no encontrarse en ningún lugar concreto de tu trabajo, identificamos como tú. Ahora que lo pienso, no creo que ningún creador sea capaz de conocerse así, de este modo; no existe ese espejo en el que mirar la obra propia y encontrar reflejado, con precisión, aquello que transmitimos que somos. Aunque tampoco debamos de obviar la existencia de cierta voluntad narcisista del creador que quiere desprender una ilusión precisa sobre sí mismo. Y sin embargo, todos sabemos a qué nos referimos cuando decimos Kurosawa, Chéjov, Miró, Rulfo, Bacon, Billy Wilder, Gelman, Kiarostami, Carver, Pollock, Kieslowski, John Ford, Kubrick, Bukowski, Valente, Coetzee… En cada uno de ellos reconocemos una suerte de halo creativo, un golpe de emoción que parece resumir el espíritu de toda su obra, o, al menos, el espíritu de aquellas obras emblemáticas suyas que hemos leído o visto y recordamos; aunque expresarlo sea un poco más difícil.
Y el tema es, para indagar sobre ello entre creadores actuales, cómo planteárselo, qué preguntas formularles: ¿Qué es lo que más te importa, aquello que si consigues te das por satisfecho? ¿Hay algo de tu trabajo que estimes que es propio, marca de la casa? ¿En qué aspectos eres más radical, extremado? ¿Hay algo que, en términos absolutos, trascendentes, universales, desees transmitir sobre el mundo (o sobre ti mismo)? No sé, no sé, de cualquier manera, podríamos preguntarle a poetas, a narradores, a artistas plásticos, pero acaso sea más “divertido” empezar por algunos cineastas con película recién estrenada (o a punto de estrenar): nada más concreto y explícito que contar con imágenes y, paradójicamente, les preguntamos sobre aquello que no está, por lo que no es concreto porque queda en el aire, lo más etéreo de su cine.
Benito Zambrano
Benito Zambrano (Lebrija, 1965), director de “Solas”, “Padre coraje” y “Habana blues”, estrena “La voz dormida”. Y tal vez a estas alturas de su carrera, con tres películas y una miniserie en su haber, haya descubierto algo acerca de su identidad artística. Parece obvio que, en esos trabajos hay algunos aspectos en común –el melodrama las une, una extraordinaria dirección de actores también—, pero qué es lo que más le importa a Benito Zambrano, aquello que, si consigue, se da por satisfecho. El director se encuentra inmerso en la vorágine de la promoción de su nueva película, y encima se ha comprometido a rodar una publicidad durante esta semana, pero pone en busca y captura a su identidad como creador, y reflexiona: “Tal vez lo primero es que me importe la historia, me llene, me emocione, me estimule, porque eso me va a dar fuerzas para estar con esa historia a lo largo de varios años de trabajo. Eso cuando pienso en mí, hacia dentro; pensando hacia fuera, tiene que tratarse de algo que yo crea que merece ser contado, una historia que yo crea que la gente va a querer recibir”. Benito Zambrano duda cuando se plantea si hay algo en su cine que sea propio, marca de la casa. Pero enseguida se repone: “Si hay algo que me define es mi postura hacia lo que hago, mi compromiso con la historia y los personajes. Aunque sean personajes de ficción, para mí son, casi, como si fueran de verdad, y por eso soy muy respetuoso con su biografía y eso implica muchas cosas: no frivolizar con lo que les pasa, profundizar en sus problemas, tratar de comprenderlos. También porque entiendo que hablar de los personajes es, al mismo tiempo, hablar del ser humano, contar historias es eso: como poner un espejo delante de nosotros, un espejo en el que nos identifiquemos”. Tal vez por ello, en su cine todo está en función de los personajes: “Mi cine no es formal, en la forma sólo trato de ser simple, directo”. Y se considera radical y extremado en lo que concierne a la “verdad” que deben transmitir los actores: “Me puedo conformar con una luz que no me acabe de convencer, puedo pasar un decorado que no me satisfaga del todo, pero no puedo pasar una interpretación en la que yo no sienta que hay verdad. Mis películas son guión guión guión, y luego reparto reparto reparto. Nunca hablo de buenos y malos actores, sino de reparto adecuado para contar la historia”. Podemos colegir, pues, que eso que entendemos, tras apenas 4 trabajos, como una película de Benito Zambrano (y sorprende que haya conseguido transmitírnoslo enseguida, desde su primera película), se produce gracias a una combinación de la postura, las premisas y la radicalidad que nos expresa, pero, ¿habrá algo que quiera transmitir del mundo?: “Me gustaría pensar que las historias que cuento pueden hacernos un poco mejores personas, al menos a eso aspiro. Yo creo que, a través de la emoción siempre puede caber una esperanza de modificar algo. La cultura es eso, al menos debemos esperar mejorar la sociedad entera, por eso la cultura es política siempre”.

Fernando León Rodríguez (Foto: Nicolás Melini)
Fernando León Rodríguez es un estimable guionista mexicano, muy premiado por “La ley de Herodes” –ya saben, “o te chingas o te jodes”—, Ariel al Mejor Guión en México; “El último tren” (Goya a la Mejor Película Hispanoanericana); y “De la infancia” (Mejor Guión en el Festival des Films du Monde 2010, Montreal), entre otras, que vive en España desde hace algunos años y, sin embargo, ha vuelto a México para rodar su primer largometraje como director: “La cebra”, acaso un western en lo formal, o “una de la revolución mexicana” en lo temático, contado todo ello con una fría y distante y sabia ironía que recuerda el mejor cine de los clásicos, pero sin héroes ni villanos sino todo lo contrario, seres mezquinos, pícaros, náufragos del desierto, ladrones y asesinos por supervivencia, con una moral y una ética a la medida de sus paupérrimas circunstancias vitales; una buena muestra de lo peor de la condición humana en la que es de reseñar actoralmente el soberbio papel secundario de un actor andaluz admirable: Julián Villagrán. Fernando León Rodríguez comienza diciendo que él se conforma con que sus guiones “queden al 70 %” de sus expectativas, con eso se siente satisfecho; que sólo espera que los directores le lean “con atención y, al menos, entiendan el guión”; y que, como director, sólo espera que “las variables luz-tiempo-sonido que había plasmado en el guión sean más o menos favorables en el set”: “¿Esperamos que pase la nube? ¡Callen a ese perro! ¡No quiero pagar horas extras al crew!”, lo ilustra. Se trata de respuestas evasivas de la cuestión identitaria, o que pretenden establecer una identidad propia lejos de cualquier pretensión autoral. Pero sí hay algo que asume como propio, marca de la casa: “En todos mis trabajos, sea guión o película, siempre hay un sueño o una alucinación, porque creo que el cine nos sirve para mostrar lo que no podemos ver en la cruda realidad”. Y, sin embargo, insiste en huir de cualquier pretensión: “Para transmitir cosas universales o trascendentes le paso la estafeta a poetas y filósofos. Yo nada más quiero contar algo que me entretenga y divierta. Si me entretiene y divierte a mí, que soy normal y corriente, tal vez a otros les guste también”. Afirma que no quiere transmitir nada de sí mismo, aunque lo dice así: “Pues no, aunque dicen que la personalidad de uno se transmite en las obras que uno hace. No sé”. Pero, ¿cómo se produce eso?, nos gustaría saber. Sin embargo no se nos escapa que ha concluido con un “no sé” que permite cualquier posibilidad, pero que, también, enfatiza su desinterés por el asunto. Es como si dijera: Esto es algo sobre lo que no quiero conocer, prescindo de ello sin ningún problema. Y deduzco que, de algún modo, quiere hacer bandera de ese desinterés por la autoría, pero también, que Fernando León Rodríguez es un profesional que confía en las pequeñas decisiones creativas con las que se va confeccionando una película, ya que al final estará ahí lo que deba estar, ni más ni menos; y, si entre lo que queda, alguien acaba por identificar al autor, pues bien, pero si no, también; planteamiento común entre cineastas que se identifican con la idea del cine como industria, muy propio de profesionales procedentes de un ámbito aledaño de la industria de Hollywood. Finalmente responde que aquello de su trabajo en lo que se comporta de un modo más radical es el guión, y sobre todo un aspecto de éste: “Busco que el guión sea lo más cerrado posible en cuanto a las posibilidades que tienen los personajes de moverse dentro de un relato. Ojo, dije cerrado, no perfecto. No hay guiones perfectos, si hay películas casi perfectas se debe a la suma de varios elementos: el guión, una idea del fotógrafo, una ocurrencia de un actor, etc.)” Nos consta que Fernando León Rodríguez es un trabajador incansable del guión cinematográfico, dedica la mayor parte de sus esfuerzos vitales a buscar la mejor solución para tal o cual trama, para tal o cual personaje de la historia que esté escribiendo. Estas palabras, por lo tanto, nos sugieren que el cineasta que es Fernando León Rodríguez se identifica, por encima de todas las cosas, con ese modo de elaborar, extremadamente, el guión, aunque, en nuestra pesquisa, tal vez debamos diferenciar entre cómo concibe él su identidad y ese golpe de poesía –inherente a la historia, los personajes y las imágenes— que nos transmite su primera película (algo que también percibimos como suyo en los guiones realizados por otros directores): una socarronería sutil mina “La cebra”; sus personajes, de tan marrulleros, provocan ternura, son rabiosamente humanos.

Ricardo Menéndez Salmón (Foto: Javier Fernández Largo)
Ricardo Menéndez Salmón (Gijón, 1971) es posiblemente uno de los novelistas más ambiciosos del actual panorama literario español. Cinceló su futuro, sin abrigar demasiadas esperanzas, publicando brevísimas novelas, joyas, en sellos independientes (Trea, KRK) de su Asturias natal: “Panóptico”, “La filosofía en invierno”, “Los arrebatados”, el libro de cuentos “Los caballos azules”; hasta que, de pronto, Seix Barral llamó a su puerta. Tras la publicación y el éxito de crítica y ventas de “La ofensa” colocó su siguiente libro de cuentos, “Gritar” (por cierto, uno de los mejores de los últimos tiempos), en otra editorial nacional, Lengua de Trapo, y continuó en Seix Barral su “Trilogía del mal”, primero con “El corrector” y finalmente con “Derrumbe”, que le confirmaron y consagraron como un autor de altura literaria y un valor seguro. Pero, por si no fuera poca la ambición literaria que muestra en todos estos libros, finalmente ha publicado una novela más ambiciosa aún –para que nos entendamos, en calidades de Pierre Michon—: “La luz es más antigua que el amor”. Ahora su editorial se dispone a rescatar todos sus primeros títulos, aquellos publicados en editoriales independientes de Asturias, devolviéndonos a aquellos interesantes orígenes. Pero, qué es lo que más le importa cuando escribe. Ricardo Menéndez Salmón responde con gran precisión: “Que la distancia entre lo que deseaba decir y su expresión en palabras sea lo menor posible. Que la página no traicione al pensamiento”. ¿Marcas de la casa?: “La convicción de que el lenguaje es un instrumento que, aspirando a revelar cierta verdad (la verdad innegociable del escritor, quiero decir), no debe renunciar jamás a la belleza”. ¿Trascendencia?: “Me interesa el sinsentido de la existencia. Afirmarlo, dejar constancia de él, cifrarlo negro sobre blanco. Y al tiempo me agrada explicarme a mí mismo como un hombre que, aceptando el sinsentido, no se resigna a él. Tengo la convicción íntima de que esa es la razón última de mi escritura. Escribir para no desesperar; escribir para no morir. Hallar en la escritura lo que ni la Historia, ni la religión, ni incluso la biología me han ofrecido”. Y, por último, ¿radicalidad?: “Creo ser brutalmente honesto como escritor. Puedo mentir a los demás y mentirme a mí mismo en la vida, pero nunca me engaño sobre el papel. Y si fracaso me atrevo a pensar que es siempre por un exceso de ambición, porque mi talento no estaba a la altura, jamás por la pobreza de las expectativas”.

Juan Carlos Chirinos (Foto: Daniel Mordzinski)
Juan Carlos Chirinos (Valera, Venezuela, 1967) vino a España hace más de 10 años a hacer su doctorado en la Universidad de Salamanca, y luego se quedó, escribiendo entre nosotros sus libros de cuentos, sus novelas y sus libros históricos con una de las prosas más cultas que podemos encontrar en las letras hispanas; una escritura actual y viva que, sin embargo, podemos entender que se debe, entre otras cosas, a su gran conocimiento de los clásicos griegos y latinos. Así en sus libros de cuentos “Leerse los gatos” y “Homero haciendo Zapping”, en su novela “El niño malo cuenta hasta cien y se retira”, o en sus narraciones divulgativas, “La reina de los cuatro nombres: Olimpia, madre de Alejandro Magno”, por ejemplo. Le abordamos en el café Comercial de Madrid, al término de la presentación de su nueva novela, “Nochebosque”, una deliciosa historia de terror que entrevera sutilmente el cuento de Caperucita con Drácula: “Lo que más me importa cuando escribo, aunque parezca trivial, es la eufonía. Si lo que he escrito "me suena" bien, estoy satisfecho. Y aquí "sonar" va más allá de que la frase sea agradable o los vocablos bonitos. No. El texto que produzca tiene que parecerme el óptimo de su especie”. Cuando le preguntamos por cualquier distintivo de su literatura, algo marca de la casa, responde con un lacónico: “No especialmente; ¿tal vez la sistemática eliminación de la palabra "todo"?” Pero le recordamos algo que ha comentado durante la presentación: “Ah, sí, puede ser, los video juegos” (no dice “vídeo” sino video, mejor no lo “normalicemos”, por favor) “han influido en mi manera de escribir. Me gusta tanto jugar a videos, de toda la vida, que lo mismo que en los videos puede haber una puerta, y puedes hacer que tu avatar se adentre por ella, o no, y si te adentras se abre de pronto un mundo de posibilidades que, si no hubieses entrado, no hubieses conocido pero no hubiese importado porque hubieses conocido otras que por haber tomado esa dirección te estás perdiendo; en mi literatura puedo hacer esto con un montón de cosas, por ejemplo un nombre de un personaje. Por eso les pongo nombres raros, nombres que llamen la atención del lector, nombres que pueden significar algo que añada algún sentido al relato, pero que no sea imprescindible conocer para entender la novela. Así, un lector puede sentir curiosidad e ir a Wikipedia y ver si tal o cual nombre significa algo, y, si va allí y lo estudia, tal vez descubra, por decirlo de algún modo, otra dimensión de lo que está leyendo; pero si no lo hace, no pasa nada, sigue leyendo encantado de la vida. Quiero decir que no es lo mismo que hacen esos autores plastas que llenan sus textos de referencias cultas para hacer que el lector se sienta ignorante, por debajo (y de paso él sentirse por encima), es todo lo contrario”. Sobre algo universal que le importe transmitir comenta: “Esto no lo he verbalizado nunca; pero creo que si debiera elegir algo que quiero significar cada vez que escribo sería esto: que la ficción y el mundo real están unidos por frágiles ligamentos, que no hay relación efectiva entre uno y otro salvo por las palabras que los describen y que es allí donde estamos parados los escritores”. Es más extremado en dos cosas: “La corrección del texto; lo que ha de ser borrado será borrado. Y las decisiones literarias; sólo las tomo yo, y nadie más”.

Alberto Morais
Alberto Morais (35 años, nacido en Valladolid y educado en Valencia), acaba de realizar su segundo largometraje, “Las olas”, película que aún no se estrenará en España pero ya ha ganado el festival de Moscú y continúa su periplo por festivales internacionales como el de Londres. Si en “Un lugar en el cine”, su primer largometraje (documental), Alberto Morais reunió a Víctor Erice y Theo Angelopoulos en torno a la figura de Pier Paolo Pasolini, indagando acerca de la “resistencia y el compromiso cinematográficos”, “Las olas” cumple con unas palabras lúcidas del cineasta griego, palabras pronunciadas justo durante una de las entrevistas de ese documental, en la playa de Ostia, el lugar donde fue asesinado Pasolini: “Dialogar con la historia es dialogar con uno mismo”. Diríase que para Alberto Morais, con tan sólo dos muestras cinematográficas y de distinto género cinematográfico en su haber, el cine –su cine— es una indagación en la realidad, o (en sus palabras y refiriéndose a este nuevo trabajo): “Un intento de articular un diálogo entre una actualidad de huellas borradas y un pasado individual que se proyecta necesariamente en lo colectivo”. Y prosigue: “Entiendo el cine como una herramienta –moral y de conocimiento— que tiene una virtud singular, y que se arraiga en lo que Pasolini expresó de forma certera: “El cine es el lenguaje escrito de la realidad”. Esta afirmación, anclada hasta el tuétano en el espíritu de ese movimiento difuso y vivo que fue el neorrealismo, y que tanto nos ha dado, es quizá lo más cercano que puedo estar de cierto concepto de identidad respecto a lo que hago, tal y como me preguntas”. “Las olas” narra el viaje de un anciano, que acaba de perder a su mujer (toma de “Solas”, de Benito Zambrano, la presencia del actor Carlos Álvarez-Novoa), de vuelta a una playa del sureste de Francia, Argelès, hoy convertida en agradable lugar vacacional, pero que en su día fue un demoledor campo de concentración para medio millón de almas (españoles, ingleses, yugoslavos, polacos, norteamericanos, franceses…), y al que el anciano sobrevivió milagrosamente, un horror silenciado por él mismo –“dormido”, dice Alberto Morais— a lo largo de toda su vida. “El cine es capaz de acercarnos, convertir historias individuales en experiencias universales. Hoy, de todos modos, el cine (o, mejor dicho, ese cine al que aludí antes) está en la obligación de recuperar un espacio, el social, que fue connatural a su existencia, y que ahora está en trance de desaparecer”.
Publicado en el número 19 de la revista El rapto de Europa
y en El Perseguidor, suplemento cultural de Diario de Avisos