domingo 31 de enero de 2010

LA MUJER DE DOS METROS






















Debía de tener unos 17 años. En clase del instituto, entre metonimia y carpe diem, ella era alta y se había sentado en el pupitre de al lado. Medía, exactamente, 1 metro 98 centímetros de formas muy bien proporcionadas, y en algún momento me di cuenta, entre amor constante más allá de la muerte y algún glorioso hipérbaton –ya digo, en palabras de un profesor que teníamos, Miguel Ángel, que pronunciaba las cosas con frenillo y perdigonazos de saliva, pero que era un tipo cojonudo que me lo enseñó todo sobre el Siglo de Oro–, de que ella me miraba con simpatía. Fue así como, entre tema y tema, cuando Miguel Ángel hacía una pausa y por ejemplo se volvía para preparar la pizarra o se ensimismaba un momento antes de continuar, ella y yo –la muchacha de los dos metros de formas turgentes y yo—, comenzamos a buscarnos con pequeñas conversaciones de pupitre a pupitre. No sé si sería por la altura, pero parecía 100 veces más madura que el resto de mis compañeras, y recuerdo que en alguno de aquellos interludios discretos, sin darle demasiada importancia, me confesó que acudía a una cita con un chico y me preguntó si pensaba que debía ponerse tacones o zapatos planos. Por qué, le dije. Ella vaciló. Ya sabes, la altura, no quiero que se sienta mal. Ah no, de eso nada, dije con convicción, toda la convicción que puede uno transmitir en una conversación que se mantiene en voz baja, con disimulo, para que ni el profesor ni los compañeros se enteren, y negué ostensiblemente con la cabeza, ponte tacón alto, lo más alto que encuentres. Pero eso…, dudó ella, no… Cuál es el problema. Pero él… insinuó ella. No no, él qué más da. Nos miramos en silencio. Eres alta, con tacones parecerás inaccesible, le dije, mejor así. Ella sonrió observándome. Claro, concluí teatral, hazme caso, tú, inaccesible, y regresé a polvo serás, mas polvo enamorado.

No sé si se debió a aquella conversación. Creo recordar que le pregunté al día siguiente por su cita y me hizo un gesto tan ambiguo que no supe si interpretar que aquella cita no había funcionado o no había tenido lugar o, acaso, había sido su coartada para indagar sobre lo que yo pensaba de su altura. Pero el cierto caso es que de nuevo nos encontramos manteniendo una de aquellas conversaciones, que nos obligaban a guardar silencio y esperar durante la explicación de Miguel Ángel –nasón y escriba, lagunas órficas, endecasílabos con acento en la sexta— con el consiguiente suspense entre pregunta y respuesta. Fue muy directa. Me preguntó si saldría con ella. Claro, respondí mirándola a los ojos. Supongo que lo único que esperaba de mí en aquel momento era cierto aplomo. Pareció complacida.
Quedamos ese fin de semana. Yo mido 1.74, pero cualquiera que nos viera juntos pensaría que ella era el doble que yo. Las medidas, como las distancias, son algo muy relativo. Le gustaba salir por la zona más macarrilla de Zaragoza. Yo no tenía prejuicios. Siempre he sido un desclasado. Había salido con frecuencia tanto por aquella zona como por todas las demás. Aquel clasismo había sido todo un descubrimiento para mí. Zonas de bares según tribus y clases sociales. Ella se sentó en un taburete, conmigo de pie entre sus piernas, y aún así me besaba hacia abajo. Yo no podía dejar de sentirme como Audrey Hepburn. Metía mis manos por debajo de su jersey de lana (creo que puedo recordar con absoluta nitidez la emoción del tacto de aquel viejo jersey, limpio) y la abrazaba. Pero su cuerpo me resultaba inabarcable; infructuoso. Aquello era como intentar complacer, con mis caricias, el cascarón de un trasatlántico. Uno cualquiera que pasaba entre la gente que atestaba el bar nos dijo que yo parecía su llavero. Y no pudimos menos que darle la razón. Hay gente que no tiene pelos en la lengua (y eso no está mal). No puedo decir que aquello me hiciera sentir inseguro, al contrario. Había conseguido interesar a una mujer de la que podía ser tan sólo su llavero, tenía las manos debajo de su jersey y sus pechos en asta podrían sacarle un ojo al mismísimo Dalí. Pero supongo que las sensaciones de aquellas caricias, y sentirnos observados como si fuésemos el gordo y el flaco, la alta y el bajo, la larga y el corto (de pie le llegaba justo a la altura de aquellos pechos que tanto me gustaron) nos apercibió de que las dimensiones de nuestros cuerpos, tal vez, no fueran las más idóneas para yacer en una cama. Aún así continuamos besándonos y acariciándonos, pero con una extraña melancolía que se apoderó de todos nuestros gestos, y que cada vez nos hacía sentirnos más lejos el uno del otro. Fue una gran lección, he de decir. Algo que aprendí para siempre. No sé qué ven las altas en mí. Ni por qué las dejo llegar tan lejos. Si luego me arrepiento. Salimos a la acera y paseamos en alguna dirección, de manos al principio, sueltos después, hasta alcanzar un lugar indeterminado de una calle en el que, por alguna razón, nos dispusimos a despedirnos. Nos miramos con sorna, con ternura, y sin embargo con tristeza. Por un pequeño instante no supe si interpretar que su drama consistía en tener que dejarlo allí por culpa de su gran tamaño, y que en realidad lo hacía por mí; o porque pensaba que más pronto que tarde aquella diferencia constituiría un problema insalvable; o porque pensaba que se trataba de lo que yo prefería. Pero tal vez fuese sólo una impresión. Ella no dijo nada. Hay otra forma de interpretarlo: tal vez decidimos, simplemente, no abundar en aquella sensación, frustrante, de no casar.

En la foto, Eve, la modelo más alta del mundo, 2,05. La modelo que posa con ella mide 1,62.