LOS QUE ESCRIBEN
Artículo escrito y publicado en 2008
Nicolás Melini
Las palabras que voy a pronunciar aquí, sobre la subsistencia de los escritores, no sé si serán certeras o no. Sigo el hilo de una argumentación de la que descreo tanto como de la realidad que parece haberse impuesto respecto de este tema. Hablo desde el escepticismo absoluto, sólo por cuestionar, y, si así lo quieren, desde un cierto cinismo que a veces me parece sano. Así que, si el hilo argumental les cabrea, sigan leyendo, a bien seguro será más sabroso. En cualquier caso quedan advertidos de la naturaleza de mi cátedra, que en algún momento expresaré con la convicción de un creyente, aunque mi fervor no sea más que la máxima expresión de una duda, espero que razonable.
El de escritor es uno de los oficios que está planteado en términos de mayor liberalismo económico. Se supone que el escritor debe vivir de las ventas de sus libros. Lo cierto es que tan sólo un ridículo número de escritores vive de las ventas de sus libros, y que la inmensa mayoría se ve abocado a tomar un trabajo y realizar las labores de su oficio (leer y escribir) en horas robadas a su tiempo de descanso.
Con suerte, con el tiempo, algunos consiguen “vivir de la literatura”, es decir, de pequeñas ofertas de trabajo alrededor de la publicación de sus libros: artículos en prensa, conferencias, talleres literarios, algún recital o lectura remunerados, etc.
He conocido a estupendos escritores que han tomado empleos como el de operador de telefonía o cuidador de ancianos en la necesidad de conseguir algún dinero para su subsistencia. Los escritores se ven obligados a desempeñarse en los trabajos más variados; son profesores, periodistas, programadores culturales, trabajan en el mundo editorial; pero también hay casos de porteros de finca, celadores de hospital, guías turísticos, y, además de el largo etcétera que debería seguir, gentes que más o menos subsisten como pueden para poder disponer del tiempo suficiente y escribir.
En la otra mano, el escritor o escritora tiene la opción de ingresar en el mundo de las publicaciones periódicas, “trabajar escribiendo” para (en los ratos libres) escribir sus libros. Y esto parecería el paradigma de la independencia y el éxito social y profesional. Escribir en la prensa, salir en la televisión… Todo ello alza considerablemente las posibilidades de vender algún que otro libro más, y, en cualquier caso, por esta vía el escritor o escritora obtiene una gran consideración, en calidad de escritor (aunque lo que esté haciendo sea otra cosa). Sin embargo, con toda probabilidad deberá manifestarse en defensa de las ideas de un partido político y en contra de las de otro. Y si bien muchos escritores aceptan esto (escribir y manifestarse al servicio de) como un mal menor, lo cierto es que, incluso cuando defiendan a un partido con cuyas ideas estén absolutamente de acuerdo, y se opongan a las de otro cuyas ideas no compartan en absoluto, no dejan de convertirse en una suerte de mercenarios (de columna en columna y de plató en plató), además de postergar a un segundo término su trabajo como verdaderos artistas.
Entrar en el juego político está muy bien pagado (en sueldos contantes y sonantes y, también, con distinciones “literarias”: no hay más que ver quiénes obtienen qué premios, y con qué libros), pero es muy probable que a muchos escritores ni se les pase por la cabeza, sea porque no quieran o porque no sean capaces o porque se trate de un mundo vedado para el tipo de escritores que son.
La otra opción posible, que en esta sociedad (y en otras anteriores) han asumido algunos escritores, es la de encerrarse con su trabajo caiga quien caiga, aun corriendo el riesgo de incurrir en la exclusión social. En ese caso, el escritor o escritora difícilmente podrá tener familia, y, si la tiene, tanto lo pagará él o ella como su pareja y sus hijos, que tendrán que aceptar la situación de dependencia del escritor o escritora respecto del “cabeza” de familia.
Se trata, sin duda, de un problema social, aunque acaso muchos escritores no se vean o no quieran verse a sí mismos como afectados. Muy al contrario, asumen las dificultades y tiran adelante como pueden. En algunos casos, sin manifestar su descontento, o con un profundo sentimiento de culpa por no ser capaces de vivir de lo que escriben (achacándoselo muchas veces a su propia impericia a la hora de hacer aquellas cosas que sí están bien recompensadas económicamente, o a su falta de talento para escribir una obra que se abra paso en el mundo entero, que se difunda masivamente, alcanzando a lectores de todas partes); si no confundidos, sin saber muy bien a quién o qué achacar su situación.
Los aspectos épicos de las vidas cotidianas de los autores los dignifican tanto ante nuestros ojos... Y no deja de ser sintomático. En una sociedad realmente moderna, en la que aspiramos a que todas las personas tengan una vida lo más digna posible, tal vez debiera avergonzarnos que sean precisamente los escritores quienes pasen penurias y dificultades. Y acaso sea indigno de toda la sociedad que esté tan bien considerado que un escritor tenga que sacrificar aspectos fundamentales de su vida para escribir su obra. Me pregunto hasta qué punto esa emoción épica que extasía a la sociedad cuando conoce las miserias que un escritor hubo de soportar para sacar adelante su trabajo, no deberían de suponer una vergüenza para esa misma sociedad, pues no es más que una muestra tan sangrante de su fracaso.
Resulta desconcertante observar cómo las personas se afanan en consumir todo tipo de productos lujosos, de necesidad más o menos cuestionable según qué casos, y cómo la sociedad premia con su más alta consideración esa “capacidad de consumir”, mientras que los escritores quedan relegados a una posición tan lejos del supuesto glamur del consumo. Habremos de suponer que se trata de una cuestión de valores. Consumir “cosas” de utilidad tan limitada en el tiempo ha pasado al primer plano de la vida social, mientras que los generadores de una belleza indeleble, ahora, se nos antojan seres improductivos.
Y desde luego no resulta sencillo comprender cómo es posible que los escritores estén contentos (y si no lo están, al menos no lo manifiestan) con el lugar que les asigna la sociedad en sus presupuestos, teniendo que pasar por todo lo expuesto para sacar adelante la escritura de sus libros, y recibiendo como único pago (no la concesión) la posibilidad de concesión de algún premio, cuando no la posibilidad de que algún día se les reconozca por ello, con suerte antes de fallecer.
Porque lo cierto es que, en el momento que cualquier persona se dice escritor o escritora y aparece ante la sociedad con un libro, la sociedad empieza a exigirle: imaginación, lucidez, inventiva, un pensamiento que la estimule, el necesario cuestionamiento de lo establecido, emociones, belleza, una actitud irreprochable ante multitud de aspectos de la vida; el desarrollo de una gran capacidad intelectual; que el escritor sepa, que conozca; que lo exprese; que su condición de escritor se vea claramente refrendada con la aparición de trabajos que demuestren que lo es, etc.
(Eso sin tener en cuenta que, normalmente, lo tendrá que hacer en su tiempo libre)
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Resulta paradigmático: los escritores más desprotegidos son aquellos que están dispuestos a sacrificarlo todo por escribir.
Hace unos años escuché a la viuda de Manuel Padorno decir a mi lado, como en un suspiro que se deja caer al suelo, ni siquiera dirigido a mí: “Todo eso lo hicimos con tanto esfuerzo…”
Por “todo eso” se refería a la obra de Manuel Padorno. Nunca me pareció más acertada, rabiosamente justa, la utilización del plural.
Pero siendo esta la situación, a quién correspondería aportar soluciones, propiciar un cambio: ¿al mercado, la industria del libro? ¿Al Estado, las instituciones? ¿A ambas? (¿Financiación pública?, ¿privada?, ¿las dos?) Se trataría, al fin y al cabo, de conseguir ampliar el número de escritores que puedan vivir realizando las labores de su oficio, leer y escribir. Ahora, sólo lo consiguen los que venden mucho, y no siempre son los mejores. De hecho, la dictadura del mercado está propiciando, claramente, una banalización de la cultura, colocando en el lugar más visible, no a los de mayor calidad, sino a los más comerciales, que muchas veces son los que ofrecen un mayor espectáculo (en el caso del cine y el arte contemporáneo es muy evidente, pero no deja de ser igual en la literatura).
Dinero público: resulta imposible no constatar, llegado este punto, que el ujier de cualquier empresa participada por capital público; el ejecutivo, el maquillador o la presentadora de una televisión autonómica; el ganadero y el agricultor; muchas empresas de medios de comunicación; tantas editoriales, productoras, constructoras, empresas que realizan obras públicas; quienes trabajan en la mayoría de las ONGs; quienes se plantean ahora dedicarse a fabricar energía con molinos de viento, reciben dinero público para desarrollar su trabajo, muchas veces sin plantearse si quiera si su sueldo proviene del erario público, de una empresa privada, o de una empresa privada que además recibe dinero público; y sin embargo todos cuestionamos en mayor o menor medida que quienes escriben obras literarias deban recibir el mismo trato.
Habría que buscar la verdadera razón, en cada caso, de que el ejecutivo de televisión más o menos pública, el profesor (de pública o concertada), el ganadero, el agricultor, el músico, el cineasta, etc., sí sean considerados a la hora de una aportación pública en la que les puede ir la vida; mientras que el escritor, no. Acaso algunos piensen que con la financiación por parte de diputaciones, ayuntamientos y cabildos y gobiernos autonómicos de numerosos premios literarios, queda resuelta la subsistencia de los escritores, o quizás esta aportación es tan publicitada –por interés más de los políticos que de los propios escritores—, que pareciera que ya está todo hecho, que las instituciones han cumplido, que han hecho lo suficiente.
Tal vez la sociedad considera indispensable la existencia de una televisión pública autonómica, por ejemplo, y no considera indispensable la creación literaria. O acaso considera que la financiación pública es “indispensable” para la existencia de una televisión autonómica, y la cree “innecesaria” para la aparición y existencia de buenas obras literarias. La subsistencia del ejecutivo de televisión es objeto de financiación pública, ¿acaso porque su participación se ha hecho indispensable para la existencia de una televisión pública?; la subsistencia de los escritores no nos resulta indispensable en absoluto –ni siquiera le resulta indispensable a los que necesitan libros para poder comerciar con ellos, toda una industria.
También es verdad que son muchos los que piensan que escribir, mire desde donde se mire, no es trabajar. El escritor, dramaturgo y guionista norteamericano David Mamet comenta que durante un tiempo hubo de escribir en cafeterías, porque si se quedaba en casa siempre había alguien dispuesto a pedirle “que arreglase la alcachofa de la ducha”. Y eso que, en su caso, la escritura si ha rendido algunos beneficios económicos.
Acaso son muchos los que consideran que “siempre habrá” algún que otro escritor que, a lo largo de toda una vida de desvelos, consiga un hueco en su cotidianidad para regalarnos (nunca mejor dicho lo de regalar) una de esas fuentes de belleza y conocimiento indispensables para que comprendamos nuestro tiempo y a nosotros mismos. Y además, “¡si siempre ha sido así, los escritores nunca lo han tenido fácil y a pesar de todo ahí están todos esos clásicos maravillosos!”.
Colijo, pues, que tal vez la situación “laboral” de los escritores en la actualidad se deba a que siguen ostentando los mismos (paupérrimos) derechos que antaño, y acaso se hayan quedado ahí mientras que la sociedad en su conjunto ha avanzado y muchos de sus componentes han adquirido, desde el primer momento de su existencia, unos derechos que los escritores nunca tuvieron.
Siempre habrá alguien dispuesto a espetarle a un escritor, “¡menos lloriquear y más trabajar!”, y podemos suponer que lo de trabajar va en dos sentidos: el escritor es un gandul por querer dedicarse a escribir en vez de trabajar, que es lo que hace todo el mundo; y el escritor es un inepto, un fracasado, si protesta en vez de ponerse a escribir para ofrecernos una de esas obras fulgurantes que, con el tiempo, dignifican la existencia de los pueblos. Pero tampoco debe de ser sólo esto. Del libro viven los impresores, los editores, los distribuidores, los libreros, los diseñadores… Los autores, no. Tal vez debiéramos plantearnos de una vez la pregunta impertinente: Por qué. Y si sabemos que los autores no consiguen vivir de las ventas de sus libros, y nos importa que éstos puedan encerrarse a escribir y leer, escribir y leer, escribir y leer, que es su trabajo, por qué no tomamos las medidas necesarias para que lo puedan hacer. ¿Es imposible? ¿O se trata de una clamorosa falta de voluntad social y política, sazonada con la clásica indefensión del escritor individuo que bracea por el encrespado mar de su vida, en solitario, y a mucha honra?
Cada vez se hace más necesario el análisis de las verdaderas razones de que el dinero público vaya donde va. Normalmente se combinan el interés de la sociedad, o de una parte de esta, con los intereses de los políticos. Pero urge un análisis exhaustivo de cómo el factor “lo que le interesa financiar al político” influye en que el reparto sea menos interesante para el conjunto de la sociedad.
Es muy fácil de defender desde la política, ante la ciudadanía, que el dinero de esta se invierta en una televisión pública autonómica (como se diría en los anuncios) “nuestra”, “la de todos nosotros”. Todo esto soslayando que al político le interesa invertir el dinero de todos los ciudadanos en un medio de comunicación a través del cual –aparte de que se activen ciertos aspectos de la economía—, podrá contarle las cosas tal como a él le interesa.
Qué hace falta para poner en marcha una televisión: maquilladores, realizadores, infraestructuras, maquinaria, ejecutivos… Cuánto cuesta un ejecutivo, cuánto la maquinaria, cuánto es en total: al contribuyente le interesa, aquí está el dinero, el contribuyente lo pone.
Cuánto hace falta para que Roberto Bolaño, Karmelo C. Iribarren, Isaac de Vega, escriban sus libros. ¿Tiempo? ¿Que se puedan poner a ello? ¿Dinero para que se puedan poner a ello? Eso cuánto es, ¡tan poco! No hay.
Además, si son escritores de verdad lo harán de todos modos. ¿Que podrían hacer más?, no importa, nos conformamos con lo que nos den. De todos modos, es su problema, serán juzgados por lo que sean capaces de escribir (no nos van a venir con el cuento de que no pudieron hacer más porque tenían que dedicarse a otras cosas para su manutención y la de su familia, que no son más cultos o que no pudieron escribir obras más brillantes porque no tuvieron tiempo para leer y escribir). Y en cualquier caso, ¿por qué no escriben cosas que se vendan? Si lo que escriben no le interesa a la (suficiente) gente como para que puedan vivir de las ventas de sus libros, qué quieren. ¡Más trabajo y menos lloriqueo!
He oído comentar muchas veces que el escritor debe ser libre, independiente, dando por sentado que cualquier aportación pública que recibiese por realizar su trabajo lo convierte en todo lo contrario. ¿Hablamos de libertad, de independencia, o estamos confundiendo estas con liberalismo económico, con explotación, con indefensión e intemperie a la hora de realizar lo que “es” el trabajo de los escritores?
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El ochenta o noventa por ciento de los actos públicos en los que participan los escritores son gratis, no sólo para el público, también para las instituciones y organismos que los fomentan, al menos en lo que respecta a la intervención de los escritores, que a saber por qué razones participan: ¿por vanidad?, ¿por generosidad?, ¿porque han sacado un libro (aunque las ventas que se pueda obtener de éste en ese acto o gracias a la organización de ese acto no reviertan, en absoluto, en la manutención del escritor; las cosas como son)?
Los pocos autores que pueden subsistir por –o gracias a— lo que escriben, son precisamente aquellos poquitos invitados constantemente a realizar actos públicos remunerados (bolos). Pero no parece que las instituciones públicas tengan la menor voluntad de potenciar esa industria, imprescindible para la subsistencia de cada vez más escritores y, por lo tanto, indispensable para que estos desarrollen su actividad intelectual y creativa. Tal vez (del mismo modo que se potencia la creación musical promoviendo la existencia de conciertos desde todo tipo de instituciones públicas) los escritores deberían de exigir que se potencie un circuito estable en el que los escritores difundan su obra y sus conocimientos… cobrando. Esto sí supondría un avance significativo en las condiciones de vida de muchos escritores. También sería un avance significativo en materia de cultura.
Otro de los frentes posibles, en nuestro deseo de una mejor vida para los escritores, es la necesidad de crear becas o ayudas a la creación. Curiosamente, sí consideramos merecedor de una ayuda económica al guionista de cine (que puede presentar proyectos de escritura a diferentes administraciones y, consecuentemente, sacar adelante la escritura de su guión cinematográfico al margen de lo que luego éste pueda valer o no en el mercado, incluso al margen de si éste llega o no a convertirse en película), pero no consideramos merecedor de un trato similar a los escritores. Acaso consideremos más “profesional” al guionista que al escritor; aunque habría que plantearse, en este caso, a qué llamamos “profesionalidad”. ¿O es que consideramos indispensable la escritura de guiones para que se realicen buenas películas y se potencie una actividad que es industrial, pero no nos resulta indispensable respaldar la escritura de buenos libros porque los escritores ya hacen el esfuerzo de todos modos y la industria editorial no parece necesitar del apoyo a los escritores para su desarrollo?
No parece que fuera tan complicado habilitar becas de escritura para que los autores que quisieran y lo necesitasen pudieran encerrarse con su trabajo; o disponer una pensión de escritura a la que pudieran acogerse todos aquellos autores que prefirieran dejar “su empleo” por un tiempo para encerrarse con “su trabajo”, leer y escribir.
Sin duda habría muchos escritores que, al menos en algún momento de sus vidas, preferirían ganar menos y poder dedicarse a lo que seguro entienden como su verdadera razón de ser; pero es que hay otros tantos que se acogerían a esa pensión de autor –por ridícula que fuera— toda su vida, pues para muchos escritores resulta más satisfactorio sobrevivir escribiendo que obtener un buen sueldo relegando la escritura a un segundo plano. Más de un “escritor de verdad” se acogería, si pudiese, a la pensión que pudiera recibir un discapacitado, o una persona con un problema mental (¡sí, estoy loco de escritura, no puedo tomar un empleo!), para poder dedicarse a escribir.
Claro que enseguida habrá quien objete que sería muy difícil juzgar quiénes deberían ser los “autores verdaderos” merecedores de una beca de escritura o pensión de autor. Acaso no se tenga en cuenta que el Estado realiza todos los días complejas evaluaciones a personas que deberán dedicarse a esto o lo otro –incluso algunos con oficios muy similares al de los escritores—, o que serán merecedoras de todo tipo de prestaciones según su formación, su economía personal y situación familiar, y que las bases por las que todo ello se regula son actualizadas por la administración año a año, etc.
También habrá quien argumente –ante la solicitud de atención económica pública para quienes producen buenas obras literarias— que los escritores deben ser seres libres, independientes de cualquier dinero público (otra vez este argumento). A ninguno de los que así piensa se le ocurrirá, sin embargo, colegir que cualquier cineasta –que recibe dinero público de TVE, ICAA (Ministerio de Cultura), y un larguísimo etcétera de instituciones autonómicas, nacionales, europeas e iberoamericanas, para la realización de sus películas—, sea un autor dependiente, no libre, y su obra se encuentre plegada a los designios e intereses del poder establecido.
Y sin embargo, por alguna razón, pensamos que los libros de los escritores serían distintos (dependientes) si fuera el estado quien les dotara, por medio de cualquier plan, de lo necesario para ponerse a escribir.
Este argumento de la necesaria independencia del escritor tiene su miga. No nos parece adepto al poder, o domesticado, el autor que recibe el Premio Cervantes o el Nacional de Narrativa, aunque se trate de dinero público, al fin y al cabo. Tampoco nos parecen adeptos al poder, dependientes, los escritores que continuamente, por su obra y su buen saber hacer, son reclamados para impartir conferencias y todo tipo de eventos remunerados, casi siempre, con dinero público. Pero en cuanto sale el tema de la financiación pública para la creación literaria irrumpe el concepto de escritor puro, independiente y auto manifiestamente libre que se apresura a declarar “aparta de mí este cáliz”.
Tal vez debiéramos preguntarnos de qué libertad, de qué independencia estamos hablando. ¿Una libertad y una independencia en la que los escritores no pueden hacer su trabajo (mientras el amigo locutor de radio, el agricultor, el músico y el director de cine, sí)?
De qué independencia hablaríamos. ¿Una en la que los escritores tienen que trabajar en otra cosa y escribir por la noche, en los fines de semana, los días de fiesta, en vacaciones? ¿O una en la que el escritor, si se pone a ello caiga quien caiga, quien cae primero es él mismo, y, si acaso su obra merece la pena, cuando la sociedad se dé cuenta del sacrificio que ha hecho ya lo cubrirá de honores, aunque sea después de muerto)?
De qué dignidad tan gallarda hablan quienes dicen que lo mejor es ser libres, independientes, no depender de la limosna del político (esa “limosna” que llueve como agua de mayo sobre quienes se han apuntado a fabricar energía con molinos de viento, los ganaderos y las mismísimas entidades financieras). ¿O acaso hablamos de una libertad que considera el sumun del éxito profesional escribir en periódicos y revistas artículos al servicio de un partido político o de otro (cuántas veces el interés de los políticos de por medio).
Como ya hemos apuntado, se da la absurda paradoja de que del libro viven todos: impresores, libreros, editores, distribuidores, traductores… Menos los autores. Qué clase de dignidad torera nos asiste cuando esgrimimos nuestra supuesta libertad e independencia para escribir lo que queramos, si aceptamos tácitamente este injusto “tanto vendes tanto vales”, que hace que editores, distribuidores y libreros traten con cierta condescendencia a la inmensa mayoría de los autores, pues cómo sino como pobres diablos pueden ver a quienes contribuyen con tanto esfuerzo y sacrificio personal e intelectual al negocio que ellos hacen; y a cambio, tan sólo, de dígame usted esa vanidad del escritor.
Los escritores mismos reprimimos cualquier manifestación de victimismo. Pero cómo no van a producirse manifestaciones de victimismo entre nosotros si con nuestra ausencia de “activismo” lo único que conseguimos es que la sociedad toda mantenga ante nosotros una actitud culpable por el trato que nos dispensa.
¿Y de verdad cree alguno que alguien se va a poner a leerle en serio sin que esa culpabilidad (provocada por la falta de consideración social) desaparezca, por muchas campañas de fomento de la lectura que los gobiernos realicen?
Hace unos días, a un buen amigo escritor (a uno de esos que se toman su trabajo en serio), le hicieron una pregunta: “Y tú qué haces, a qué te dedicas”. “Yo no hago nada, soy escritor: estoy en mi casa”, respondió. Su respuesta no me sorprendió en absoluto. Esa es siempre una pregunta incómoda. Muchos escritores no pueden menos que decir de sí mismos lo que todos parecen pensar de ellos, para qué gastar energías con explicaciones.
Sobre la subsistencia de los escritores y el mercado del libro
LA PREGUNTA IMPERTINENTE
¿Por qué todos pueden vivir del libro, menos quienes los escriben?
Todos sabemos que se está editando muchísimo (es lo que un buen amigo, Ernesto Suárez, llama “la burbuja económica del libro”). Cuanto más mejor. Pero mejor para quién. Si ese “cuanto más mejor” beneficia absolutamente a todos menos a los escritores, no sé. En este momento pareciera que los escritores debiéramos estar agradecidísimos de que se publique tanto, así nos publican a nosotros también. Pero lo que el escritor recibe de ese "editar cuanto más mejor" es un "no se vende", y "comprenderás que no te puedo pagar un adelanto de 6.000 euros por tu novela si no voy a tirar más que 2.000 ejemplares, y de un libro tuyo no puedo tirar más que eso". Qué digo 2.000. ¡Se están haciendo tiradas hasta de 75 ejemplares!, ¡hoy en día se puede imprimir así, de a poquito!
¿Y por qué cuantos más libros mejor? ¿Se trata de un desaforado anhelo de cultura por parte de la sociedad? ¿Es que leemos tantos libros como editamos? ¿Es que la sociedad se siente tan concernida por todo lo que se dice y sucede en el interior de los libros? Pues, con casi total probabilidad, no.
Los editores, los distribuidores y los libreros quieren vender (los impresores imprimir y los papeleros vender papel), por eso editan mucho y por eso cuantos más libros, mejor. A ver quién se niega. Los distribuidores reponen novedades al menos una vez a la semana, si no dos o tres. Para el distribuidor, cada libro “colocado” en la librería es un libro vendido, al menos a 60 o 90 días vista. Si el librero devuelve el libro, el distribuidor le da otro. (La querencia de que esos libros editados sean leídos es otra cosa: si son leídos, bien, y si no, también). No digo que al editor no le interesara poder editar menos libros y sacar más rendimiento de cada uno de ellos, ni que los libreros prefirieran no verse urgidos a devolver libros a un ritmo superior que el ritmo de la reposición de los distribuidores, pero así es cómo está funcionando el mercado. Al parecer, según comenta Ernesto Suárez (poeta, crítico, profesor universitario y editor), pero también algunos de los editores con los que he hablado del tema, el negocio del libro se encuentra en “ese dinero demorado”, ficticio, entre reposición y reposición.
El problema es que esa política beneficia muchísimo a toda la industria, pero produce muy pocas ventas de cada libro en particular, y sin embargo los escritores siguen firmando unos contratos en los que se les ofrece un 8% o un 10 % de las ventas, con unos adelantos ridículos o sin adelanto directamente. Tu libro puede estar en catálogo y disponible el tiempo que haga falta. Aunque vendas 2 libros al año, no importa. Y el único pago es que tu libro figure en las páginas webs de las editoriales y las librerías: así que podríamos decir que la industria del libro te paga a cuenta de tu vanidad y con la grata sensación del imprimátur. Pura sensación, nada más. A partir de unas semanas, tu libro ni siquiera se encuentra en las librerías. O se encuentra sólo en algunas librerías y de manera testimonial.
El tema es que aquí el único que pierde de todo esto es precisamente quien escribe los libros, porque absolutamente todos los demás ganan. ¿Resultará descabellado pedirle a esta industria que ofrezca unos mínimos a quienes escriben los libros? ¿Resultará indecoroso señalar el problema y pedir públicamente que no ganen tanto a expensas de la supervivencia de los escritores? Y... ¿de verdad creemos que si señalamos bien el problema, lo analizamos, lo delimitamos, y buscamos soluciones, no las vamos a encontrar?
O sea, ¿que de la producción de libros de esta industria no se puede (entre las ganancias de editores, diseñadores, libreros, distribuidores, impresores, papeleros y ese larguísimo etcétera de gentes que sí cobran por su trabajo en todas las empresas relacionadas con el sector –comerciales, gabinetes de comunicación, agentes de marketing, becarios, correctores de estilo y lectores, etcétera, etcétera, etcétera…) sacar lo suficiente para que quienes escriben aquello con lo que comercian puedan salir adelante?
¿No podría un Gobierno sentarlos a todos a una mesa hasta alcanzar una solución?
Hace falta mucha voluntad política. La voluntad política la consiguen los colectivos haciéndose oír. Y los escritores tienen una de las mejores herramientas para hacerse oír.
Pero, amigo, lo que no hay es conciencia de que existe un problema. El problema se sufre, se padece, pero no parece que tengamos conciencia de él.
Pues empecemos por la conciencia del problema. ¿Cómo es posible que nos parezca normal que la industria del libro no se preocupe lo más mínimo por la subsistencia de quienes la abastecen de materia con la que comerciar?
Todo parece indicar que ni siquiera los propios escritores y escritoras estiman que merecen unas medidas públicas para subsistir. ¿Dinero para escribir? No, gracias. Los editores, sin embargo, sí reciben ayudas públicas a la edición de libros. (Porque, aunque parezca mentira, en este país sí que se conceden ayudas públicas al sector del libro, sólo que no se otorgan a los autores, sino a los editores, los traductores, y a un etcétera que podríamos investigar y que acaso nos sorprendería).
Curiosamente, a los editores no les duelen prendas a la hora de recibir ayudas para publicar libros. Reciben el dinero público y ese dinero público les sirve para pagar al impresor, al diseñador, etc. Los editores también están muy interesados en que haya ayudas para los traductores, sin embargo no parecen interesados, en absoluto, en que haya ayudas para los autores; o es que prefieren que se las den a ellos, un dinero del que ellos disponen para su negocio y que nunca llega a los autores de los libros que publican gracias a esas ayudas recibidas. Para qué pagar algo que, parece, no tiene ningún valor (los autores están dispuestos a regalarlo, les dices que no puedes pagarles y te dan el manuscrito para que lo publiques y parecen muy honrados de que lo hagas, encantados de la vida con ver su libro editado; muchas veces los autores no se plantean siquiera si deberían cobrar por ello, para qué pagarles, es el libre mercado). Eso sí, la ayuda económica la consiguen con el manuscrito del escritor. Sin el manuscrito del escritor no hay nada que hacer.
Luego, el editor publica el libro haciendo uso del dinero público para pagar a todo el mundo, menos al autor. Al autor le liquida al año (unas ventas pequeñas puesto que el mercado está tan saturado que de su libro no se vende gran cosa). Y en esa liquidación ni siquiera incluye las ventas a instituciones. Muchas veces esto se especifica en una cláusula leonina: “no entrarán en la liquidación del autor los ejemplares vendidos por la editorial directamente a instituciones” (dinero público), que, añado yo, en tantos casos constituirá el mayor número de ejemplares vendidos.
¿Vender? Por cierto, no hablo con ningún escritor que se crea las liquidaciones que le realizan sus editores. No están obligados a hacerlas de una manera transparente. El autor se ve obligado a confiar ciegamente en lo que le dice el editor, y punto.
Pero no digo con esto que los editores sean malos, unos monstruos, lo peor del mundo. No, es su negocio. Si pueden obtener algo sin tener que pagarlo, lo hacen. Sólo que se da la casualidad de que, precisamente, lo que pueden obtener gratis o prácticamente gratis, en esta industria del libro, es el trabajo de los escritores, los manuscritos. ¿Hará falta algún elemento de regulación?
¡Nosotros hacemos contratos con los autores! ¡Nosotros liquidamos anualmente!, dirán. Y, en efecto, hacen contratos a los escritores, y liquidan anualmente. Otra cosa bien distinta es que esos contratos y esas liquidaciones sean suficiente esfuerzo editorial de cara al tema que estamos tratando: la subsistencia de los escritores. Y si no lo son, ¿no deberían de ir pensando en cómo conseguir que lo sean? Tal vez sería interesante que las editoriales buscasen recursos, además de para tener ejemplares y poder cubrir los gastos de producción y distribución (que viva el editor, empleados, becarios incluso; el impresor y sus empleados, el papelero y sus empleados, etc.), para que el autor publicado esté cubierto el tiempo de escribir el siguiente libro. A lo mejor se pueden repartir los recursos que se obtienen entre menos libros y menos autores (pero acordándose de estos). Seleccionar más y editar lo esencial es trabajo de editor. Solía serlo.
Y el trabajo de los políticos, por cierto, suele consistir en legislar todo tipo de actividades para que no se pueda explotar a ninguna persona. Estudiar la realidad de los sectores económicos y establecer los elementos de regulación para que ningún colectivo se encuentre desfavorecido.
La única razón de que existan las ayudas a la edición y no a la escritura es que, efectivamente, los editores son un lobby (como los agricultores, los ganaderos, los cineastas y los fabricantes de coches, etc.). Ellos sí tienen interlocutores que negocian con los gobiernos de turno las ayudas al sector (lo mismo que los distribuidores, los libreros y, supongo, impresores y fabricantes de papel). Me comenta un amigo que, hace unos años, el Ministerio de Cultura tenía unas ayudas a la escritura, que las quitaron de un día para otro y nadie dijo nada. Quién iba a decir qué. No había interlocutor ninguno. Ni se formó para la ocasión. Ni nada de nada. ¿No deberíamos de estudiar las razones por las cuales los escritores se conforman con… nada? ¿Cómo es posible que los escritores no se asocien y defiendan sus intereses colectivos? ¿Por qué no quieren ni un mejor trato del sector editorial, ni dinero público, ni ningún tipo de cobertura social que tenga en cuenta que, además de sobrevivir de lo que sea, escriben libros?
¿Será que los escritores no se ven a sí mismos como parte de la sociedad, sino como una élite o un grupo al margen? Al fin y al cabo, cuando escribimos siempre, de una u otra manera, acabamos dirigiéndonos a ella: en un lado estamos nosotros y enfrente, al otro lado, el resto del mundo. Supongo que hay muchos que se sienten a sí mismos sobre un andamio de oro, por encima del resto de las personas. Confieso que no es mi caso. Tal vez por eso sí me comparo con el resto de los componentes de esta sociedad al mismo nivel (es lo que hago en este artículo), y encuentro un importante escalón, el andamio bajo tierra.
Y es cierto, Faulkner escribió "Mientras agonizo" sobre una carretilla puesta al revés mientras trabajaba como guarda nocturno en una fábrica. Pero mal vamos si seguimos poniéndonos como ejemplo a seguir la vida de autores que lo tuvieron tanto más difícil que nosotros (entre otras cosas, porque no tuvieron ninguna opción). En cierto sentido, es como decirle a un agricultor de Cuenca que se fije en lo difícil que lo tiene un agricultor de Gambia, y cómo los agricultores gambianos salen adelante (o no), y se enfrentan a las malas cosechas, y al hambre, y al trabajo. Y arengarle a que soporte lo mismo, que sea valiente, que aquí está mucho mejor.
Impresionante lo de tantos escritores que lo tuvieron más difícil que nosotros: pero ser insumiso no es morirse de hambre o permitir que tu familia lo pase mal porque tú tienes que escribir.
Me temo que nos ha costado tanto construirnos un discurso para la resistencia –un discurso plagado de ejemplos de vida perra de grandes escritores mientras escribían los libros que nos gustan—, que da igual que estemos en otro tiempo, en otro lugar, y que los ciudadanos, en general, tengan determinados derechos: no queremos renunciar al discurso que tanto nos ha costado elaborar, y sin el cual algunos no hubiesen resistido, y otros no hubieran desfallecido con tanto honor y laurel.
Hace unos meses falleció un amigo escritor –probablemente suicidado—, poco más de cuarenta años, no había trabajado, ni formado familia, tampoco había escrito mucho, pero lo poco que escribió es notable. Y como no tuvo una vida fácil, todo el mundo se apresuró a rendirle todo tipo de honores: cortometrajes, canciones, artículos en prensa. Me alegré mucho por él. Yo mismo escribí lo mejor que supe sobre su desaparición. Pero el regusto es amargo. No es justo. Me pregunto qué pensarían otros miembros de la sociedad si les propusiéramos recibir el mismo trato, pagarles así, y les pusiéramos como ejemplo a seguir todos los que tuvieron, y tienen cada día, que hacer lo mismo que ellos en circunstancias mucho más adversas.
No, amigo. Yo quiero ser un escritor de hoy, o, mejor dicho, de esta sociedad. A mí las penurias de otros no me arreglan.
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Tal vez no sea tan descabellado solicitar a la administración un buen programa de becas de escritura para proyectos puntuales (los traductores las tienen, es absurdo que los escritores no). O pensiones de escritura para los que quieran dejar su trabajo por un tiempo y ponerse a escribir. Y la potenciación de una industria paralela que es vital para los escritores, los bolos: recitales, lecturas, conferencias, tertulias, mesas redondas. Que se comprenda que los señores y señoras que participan en ellos y los llevan a cabo tienen que hacer sus esfuerzos (no se nos ocurrirá nunca no pagar al cuentacuentos, que va de biblioteca pública en biblioteca pública, ¡tiene que ensayar, aprenderse todo eso de memoria! El escritor se lo tiene que inventar. Su aportación es infinitamente más relevante. Y por cierto, resulta absolutamente absurdo que “un autor” que además es “cuentacuentos” reciba más dinero por una sola contada en una biblioteca que por los derechos de un libro que ha tardado años en escribir. ¡Gana más un cuentacuentos en una hora que un escritor con su libro!)
No parece descabellado que los escritores exijan al sector del libro, en su conjunto, un mayor compromiso con quienes les suministran la materia con la que comercian. Y no cabe duda de que la única manera de defender los intereses de cualquier colectivo pasa por una mayor implicación de sus componentes en las decisiones gubernamentales que les atañen, asociándose para negociar con el resto del sector. No seré yo quien llame a los escritores a la formación de un lobby, nada más lejos de mi forma de proceder y de mi carácter, pero es que el escritor tiene el poder de su escritura y entre sus atribuciones se encuentra el necesario cuestionamiento de lo establecido; al menos podríamos exigirnos el análisis de la propia situación. Por supuesto que todo lo expuesto aquí nos avergüenza, nos estigmatiza, ataca a nuestra vanidad y autoestima (mon dieu, qué malo soy, qué daño nos estoy haciendo, ¡las miserias deberían quedarse bajo la alfombra!); preferiríamos que nadie nunca osara decirlo y seguir mirándonos sólo en Andrés Neuman recogiendo el Alfaguara, en Juan Marsé recogiendo el Cervantes y en Roberto Bolaño derribando las fronteras de EE.UU. después de muerto, pero la realidad del día a día es, radicalmente, otra.
Si nos importa esto del libro y la creación literaria...
Se habla de "la muerte de la novela”, “la muerte del libro", etc. Se edita más que nunca, demasiado; sin embargo yo me siento menos estimulado a publicar mis libros ya escritos que en ningún otro tiempo ningún escritor con libro terminado, y no creo ser el único. Para qué publicar. ¿Tiene sentido? ¿No será eso lo que “se muere”?
Las conclusiones. En resumidas cuentas:
-La industria editorial tiene que hacer mucho más por la subsistencia de los escritores (reparto equitativo de beneficios)
-Las instituciones públicas tienen que hacer mucho más por la subsistencia de los escritores (legislación y recursos económicos en diversas modalidades).
-Los escritores tienen que hacer mucho más por su subsistencia (activismo).
Se trata de que todos seamos conscientes de que es posible ampliar el número de escritores que subsistan dedicándose a leer y escribir, leer y escribir.
Como escritor, si estás de acuerdo, difúndelo por favor.
Artículo escrito y publicado en 2008
Nicolás Melini
Las palabras que voy a pronunciar aquí, sobre la subsistencia de los escritores, no sé si serán certeras o no. Sigo el hilo de una argumentación de la que descreo tanto como de la realidad que parece haberse impuesto respecto de este tema. Hablo desde el escepticismo absoluto, sólo por cuestionar, y, si así lo quieren, desde un cierto cinismo que a veces me parece sano. Así que, si el hilo argumental les cabrea, sigan leyendo, a bien seguro será más sabroso. En cualquier caso quedan advertidos de la naturaleza de mi cátedra, que en algún momento expresaré con la convicción de un creyente, aunque mi fervor no sea más que la máxima expresión de una duda, espero que razonable.
El de escritor es uno de los oficios que está planteado en términos de mayor liberalismo económico. Se supone que el escritor debe vivir de las ventas de sus libros. Lo cierto es que tan sólo un ridículo número de escritores vive de las ventas de sus libros, y que la inmensa mayoría se ve abocado a tomar un trabajo y realizar las labores de su oficio (leer y escribir) en horas robadas a su tiempo de descanso.
Con suerte, con el tiempo, algunos consiguen “vivir de la literatura”, es decir, de pequeñas ofertas de trabajo alrededor de la publicación de sus libros: artículos en prensa, conferencias, talleres literarios, algún recital o lectura remunerados, etc.
He conocido a estupendos escritores que han tomado empleos como el de operador de telefonía o cuidador de ancianos en la necesidad de conseguir algún dinero para su subsistencia. Los escritores se ven obligados a desempeñarse en los trabajos más variados; son profesores, periodistas, programadores culturales, trabajan en el mundo editorial; pero también hay casos de porteros de finca, celadores de hospital, guías turísticos, y, además de el largo etcétera que debería seguir, gentes que más o menos subsisten como pueden para poder disponer del tiempo suficiente y escribir.
En la otra mano, el escritor o escritora tiene la opción de ingresar en el mundo de las publicaciones periódicas, “trabajar escribiendo” para (en los ratos libres) escribir sus libros. Y esto parecería el paradigma de la independencia y el éxito social y profesional. Escribir en la prensa, salir en la televisión… Todo ello alza considerablemente las posibilidades de vender algún que otro libro más, y, en cualquier caso, por esta vía el escritor o escritora obtiene una gran consideración, en calidad de escritor (aunque lo que esté haciendo sea otra cosa). Sin embargo, con toda probabilidad deberá manifestarse en defensa de las ideas de un partido político y en contra de las de otro. Y si bien muchos escritores aceptan esto (escribir y manifestarse al servicio de) como un mal menor, lo cierto es que, incluso cuando defiendan a un partido con cuyas ideas estén absolutamente de acuerdo, y se opongan a las de otro cuyas ideas no compartan en absoluto, no dejan de convertirse en una suerte de mercenarios (de columna en columna y de plató en plató), además de postergar a un segundo término su trabajo como verdaderos artistas.
Entrar en el juego político está muy bien pagado (en sueldos contantes y sonantes y, también, con distinciones “literarias”: no hay más que ver quiénes obtienen qué premios, y con qué libros), pero es muy probable que a muchos escritores ni se les pase por la cabeza, sea porque no quieran o porque no sean capaces o porque se trate de un mundo vedado para el tipo de escritores que son.
La otra opción posible, que en esta sociedad (y en otras anteriores) han asumido algunos escritores, es la de encerrarse con su trabajo caiga quien caiga, aun corriendo el riesgo de incurrir en la exclusión social. En ese caso, el escritor o escritora difícilmente podrá tener familia, y, si la tiene, tanto lo pagará él o ella como su pareja y sus hijos, que tendrán que aceptar la situación de dependencia del escritor o escritora respecto del “cabeza” de familia.
Se trata, sin duda, de un problema social, aunque acaso muchos escritores no se vean o no quieran verse a sí mismos como afectados. Muy al contrario, asumen las dificultades y tiran adelante como pueden. En algunos casos, sin manifestar su descontento, o con un profundo sentimiento de culpa por no ser capaces de vivir de lo que escriben (achacándoselo muchas veces a su propia impericia a la hora de hacer aquellas cosas que sí están bien recompensadas económicamente, o a su falta de talento para escribir una obra que se abra paso en el mundo entero, que se difunda masivamente, alcanzando a lectores de todas partes); si no confundidos, sin saber muy bien a quién o qué achacar su situación.
Los aspectos épicos de las vidas cotidianas de los autores los dignifican tanto ante nuestros ojos... Y no deja de ser sintomático. En una sociedad realmente moderna, en la que aspiramos a que todas las personas tengan una vida lo más digna posible, tal vez debiera avergonzarnos que sean precisamente los escritores quienes pasen penurias y dificultades. Y acaso sea indigno de toda la sociedad que esté tan bien considerado que un escritor tenga que sacrificar aspectos fundamentales de su vida para escribir su obra. Me pregunto hasta qué punto esa emoción épica que extasía a la sociedad cuando conoce las miserias que un escritor hubo de soportar para sacar adelante su trabajo, no deberían de suponer una vergüenza para esa misma sociedad, pues no es más que una muestra tan sangrante de su fracaso.
Resulta desconcertante observar cómo las personas se afanan en consumir todo tipo de productos lujosos, de necesidad más o menos cuestionable según qué casos, y cómo la sociedad premia con su más alta consideración esa “capacidad de consumir”, mientras que los escritores quedan relegados a una posición tan lejos del supuesto glamur del consumo. Habremos de suponer que se trata de una cuestión de valores. Consumir “cosas” de utilidad tan limitada en el tiempo ha pasado al primer plano de la vida social, mientras que los generadores de una belleza indeleble, ahora, se nos antojan seres improductivos.
Y desde luego no resulta sencillo comprender cómo es posible que los escritores estén contentos (y si no lo están, al menos no lo manifiestan) con el lugar que les asigna la sociedad en sus presupuestos, teniendo que pasar por todo lo expuesto para sacar adelante la escritura de sus libros, y recibiendo como único pago (no la concesión) la posibilidad de concesión de algún premio, cuando no la posibilidad de que algún día se les reconozca por ello, con suerte antes de fallecer.
Porque lo cierto es que, en el momento que cualquier persona se dice escritor o escritora y aparece ante la sociedad con un libro, la sociedad empieza a exigirle: imaginación, lucidez, inventiva, un pensamiento que la estimule, el necesario cuestionamiento de lo establecido, emociones, belleza, una actitud irreprochable ante multitud de aspectos de la vida; el desarrollo de una gran capacidad intelectual; que el escritor sepa, que conozca; que lo exprese; que su condición de escritor se vea claramente refrendada con la aparición de trabajos que demuestren que lo es, etc.
(Eso sin tener en cuenta que, normalmente, lo tendrá que hacer en su tiempo libre)
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Resulta paradigmático: los escritores más desprotegidos son aquellos que están dispuestos a sacrificarlo todo por escribir.
Hace unos años escuché a la viuda de Manuel Padorno decir a mi lado, como en un suspiro que se deja caer al suelo, ni siquiera dirigido a mí: “Todo eso lo hicimos con tanto esfuerzo…”
Por “todo eso” se refería a la obra de Manuel Padorno. Nunca me pareció más acertada, rabiosamente justa, la utilización del plural.
Pero siendo esta la situación, a quién correspondería aportar soluciones, propiciar un cambio: ¿al mercado, la industria del libro? ¿Al Estado, las instituciones? ¿A ambas? (¿Financiación pública?, ¿privada?, ¿las dos?) Se trataría, al fin y al cabo, de conseguir ampliar el número de escritores que puedan vivir realizando las labores de su oficio, leer y escribir. Ahora, sólo lo consiguen los que venden mucho, y no siempre son los mejores. De hecho, la dictadura del mercado está propiciando, claramente, una banalización de la cultura, colocando en el lugar más visible, no a los de mayor calidad, sino a los más comerciales, que muchas veces son los que ofrecen un mayor espectáculo (en el caso del cine y el arte contemporáneo es muy evidente, pero no deja de ser igual en la literatura).
Dinero público: resulta imposible no constatar, llegado este punto, que el ujier de cualquier empresa participada por capital público; el ejecutivo, el maquillador o la presentadora de una televisión autonómica; el ganadero y el agricultor; muchas empresas de medios de comunicación; tantas editoriales, productoras, constructoras, empresas que realizan obras públicas; quienes trabajan en la mayoría de las ONGs; quienes se plantean ahora dedicarse a fabricar energía con molinos de viento, reciben dinero público para desarrollar su trabajo, muchas veces sin plantearse si quiera si su sueldo proviene del erario público, de una empresa privada, o de una empresa privada que además recibe dinero público; y sin embargo todos cuestionamos en mayor o menor medida que quienes escriben obras literarias deban recibir el mismo trato.
Habría que buscar la verdadera razón, en cada caso, de que el ejecutivo de televisión más o menos pública, el profesor (de pública o concertada), el ganadero, el agricultor, el músico, el cineasta, etc., sí sean considerados a la hora de una aportación pública en la que les puede ir la vida; mientras que el escritor, no. Acaso algunos piensen que con la financiación por parte de diputaciones, ayuntamientos y cabildos y gobiernos autonómicos de numerosos premios literarios, queda resuelta la subsistencia de los escritores, o quizás esta aportación es tan publicitada –por interés más de los políticos que de los propios escritores—, que pareciera que ya está todo hecho, que las instituciones han cumplido, que han hecho lo suficiente.
Tal vez la sociedad considera indispensable la existencia de una televisión pública autonómica, por ejemplo, y no considera indispensable la creación literaria. O acaso considera que la financiación pública es “indispensable” para la existencia de una televisión autonómica, y la cree “innecesaria” para la aparición y existencia de buenas obras literarias. La subsistencia del ejecutivo de televisión es objeto de financiación pública, ¿acaso porque su participación se ha hecho indispensable para la existencia de una televisión pública?; la subsistencia de los escritores no nos resulta indispensable en absoluto –ni siquiera le resulta indispensable a los que necesitan libros para poder comerciar con ellos, toda una industria.
También es verdad que son muchos los que piensan que escribir, mire desde donde se mire, no es trabajar. El escritor, dramaturgo y guionista norteamericano David Mamet comenta que durante un tiempo hubo de escribir en cafeterías, porque si se quedaba en casa siempre había alguien dispuesto a pedirle “que arreglase la alcachofa de la ducha”. Y eso que, en su caso, la escritura si ha rendido algunos beneficios económicos.
Acaso son muchos los que consideran que “siempre habrá” algún que otro escritor que, a lo largo de toda una vida de desvelos, consiga un hueco en su cotidianidad para regalarnos (nunca mejor dicho lo de regalar) una de esas fuentes de belleza y conocimiento indispensables para que comprendamos nuestro tiempo y a nosotros mismos. Y además, “¡si siempre ha sido así, los escritores nunca lo han tenido fácil y a pesar de todo ahí están todos esos clásicos maravillosos!”.
Colijo, pues, que tal vez la situación “laboral” de los escritores en la actualidad se deba a que siguen ostentando los mismos (paupérrimos) derechos que antaño, y acaso se hayan quedado ahí mientras que la sociedad en su conjunto ha avanzado y muchos de sus componentes han adquirido, desde el primer momento de su existencia, unos derechos que los escritores nunca tuvieron.
Siempre habrá alguien dispuesto a espetarle a un escritor, “¡menos lloriquear y más trabajar!”, y podemos suponer que lo de trabajar va en dos sentidos: el escritor es un gandul por querer dedicarse a escribir en vez de trabajar, que es lo que hace todo el mundo; y el escritor es un inepto, un fracasado, si protesta en vez de ponerse a escribir para ofrecernos una de esas obras fulgurantes que, con el tiempo, dignifican la existencia de los pueblos. Pero tampoco debe de ser sólo esto. Del libro viven los impresores, los editores, los distribuidores, los libreros, los diseñadores… Los autores, no. Tal vez debiéramos plantearnos de una vez la pregunta impertinente: Por qué. Y si sabemos que los autores no consiguen vivir de las ventas de sus libros, y nos importa que éstos puedan encerrarse a escribir y leer, escribir y leer, escribir y leer, que es su trabajo, por qué no tomamos las medidas necesarias para que lo puedan hacer. ¿Es imposible? ¿O se trata de una clamorosa falta de voluntad social y política, sazonada con la clásica indefensión del escritor individuo que bracea por el encrespado mar de su vida, en solitario, y a mucha honra?
Cada vez se hace más necesario el análisis de las verdaderas razones de que el dinero público vaya donde va. Normalmente se combinan el interés de la sociedad, o de una parte de esta, con los intereses de los políticos. Pero urge un análisis exhaustivo de cómo el factor “lo que le interesa financiar al político” influye en que el reparto sea menos interesante para el conjunto de la sociedad.
Es muy fácil de defender desde la política, ante la ciudadanía, que el dinero de esta se invierta en una televisión pública autonómica (como se diría en los anuncios) “nuestra”, “la de todos nosotros”. Todo esto soslayando que al político le interesa invertir el dinero de todos los ciudadanos en un medio de comunicación a través del cual –aparte de que se activen ciertos aspectos de la economía—, podrá contarle las cosas tal como a él le interesa.
Qué hace falta para poner en marcha una televisión: maquilladores, realizadores, infraestructuras, maquinaria, ejecutivos… Cuánto cuesta un ejecutivo, cuánto la maquinaria, cuánto es en total: al contribuyente le interesa, aquí está el dinero, el contribuyente lo pone.
Cuánto hace falta para que Roberto Bolaño, Karmelo C. Iribarren, Isaac de Vega, escriban sus libros. ¿Tiempo? ¿Que se puedan poner a ello? ¿Dinero para que se puedan poner a ello? Eso cuánto es, ¡tan poco! No hay.
Además, si son escritores de verdad lo harán de todos modos. ¿Que podrían hacer más?, no importa, nos conformamos con lo que nos den. De todos modos, es su problema, serán juzgados por lo que sean capaces de escribir (no nos van a venir con el cuento de que no pudieron hacer más porque tenían que dedicarse a otras cosas para su manutención y la de su familia, que no son más cultos o que no pudieron escribir obras más brillantes porque no tuvieron tiempo para leer y escribir). Y en cualquier caso, ¿por qué no escriben cosas que se vendan? Si lo que escriben no le interesa a la (suficiente) gente como para que puedan vivir de las ventas de sus libros, qué quieren. ¡Más trabajo y menos lloriqueo!
He oído comentar muchas veces que el escritor debe ser libre, independiente, dando por sentado que cualquier aportación pública que recibiese por realizar su trabajo lo convierte en todo lo contrario. ¿Hablamos de libertad, de independencia, o estamos confundiendo estas con liberalismo económico, con explotación, con indefensión e intemperie a la hora de realizar lo que “es” el trabajo de los escritores?
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El ochenta o noventa por ciento de los actos públicos en los que participan los escritores son gratis, no sólo para el público, también para las instituciones y organismos que los fomentan, al menos en lo que respecta a la intervención de los escritores, que a saber por qué razones participan: ¿por vanidad?, ¿por generosidad?, ¿porque han sacado un libro (aunque las ventas que se pueda obtener de éste en ese acto o gracias a la organización de ese acto no reviertan, en absoluto, en la manutención del escritor; las cosas como son)?
Los pocos autores que pueden subsistir por –o gracias a— lo que escriben, son precisamente aquellos poquitos invitados constantemente a realizar actos públicos remunerados (bolos). Pero no parece que las instituciones públicas tengan la menor voluntad de potenciar esa industria, imprescindible para la subsistencia de cada vez más escritores y, por lo tanto, indispensable para que estos desarrollen su actividad intelectual y creativa. Tal vez (del mismo modo que se potencia la creación musical promoviendo la existencia de conciertos desde todo tipo de instituciones públicas) los escritores deberían de exigir que se potencie un circuito estable en el que los escritores difundan su obra y sus conocimientos… cobrando. Esto sí supondría un avance significativo en las condiciones de vida de muchos escritores. También sería un avance significativo en materia de cultura.
Otro de los frentes posibles, en nuestro deseo de una mejor vida para los escritores, es la necesidad de crear becas o ayudas a la creación. Curiosamente, sí consideramos merecedor de una ayuda económica al guionista de cine (que puede presentar proyectos de escritura a diferentes administraciones y, consecuentemente, sacar adelante la escritura de su guión cinematográfico al margen de lo que luego éste pueda valer o no en el mercado, incluso al margen de si éste llega o no a convertirse en película), pero no consideramos merecedor de un trato similar a los escritores. Acaso consideremos más “profesional” al guionista que al escritor; aunque habría que plantearse, en este caso, a qué llamamos “profesionalidad”. ¿O es que consideramos indispensable la escritura de guiones para que se realicen buenas películas y se potencie una actividad que es industrial, pero no nos resulta indispensable respaldar la escritura de buenos libros porque los escritores ya hacen el esfuerzo de todos modos y la industria editorial no parece necesitar del apoyo a los escritores para su desarrollo?
No parece que fuera tan complicado habilitar becas de escritura para que los autores que quisieran y lo necesitasen pudieran encerrarse con su trabajo; o disponer una pensión de escritura a la que pudieran acogerse todos aquellos autores que prefirieran dejar “su empleo” por un tiempo para encerrarse con “su trabajo”, leer y escribir.
Sin duda habría muchos escritores que, al menos en algún momento de sus vidas, preferirían ganar menos y poder dedicarse a lo que seguro entienden como su verdadera razón de ser; pero es que hay otros tantos que se acogerían a esa pensión de autor –por ridícula que fuera— toda su vida, pues para muchos escritores resulta más satisfactorio sobrevivir escribiendo que obtener un buen sueldo relegando la escritura a un segundo plano. Más de un “escritor de verdad” se acogería, si pudiese, a la pensión que pudiera recibir un discapacitado, o una persona con un problema mental (¡sí, estoy loco de escritura, no puedo tomar un empleo!), para poder dedicarse a escribir.
Claro que enseguida habrá quien objete que sería muy difícil juzgar quiénes deberían ser los “autores verdaderos” merecedores de una beca de escritura o pensión de autor. Acaso no se tenga en cuenta que el Estado realiza todos los días complejas evaluaciones a personas que deberán dedicarse a esto o lo otro –incluso algunos con oficios muy similares al de los escritores—, o que serán merecedoras de todo tipo de prestaciones según su formación, su economía personal y situación familiar, y que las bases por las que todo ello se regula son actualizadas por la administración año a año, etc.
También habrá quien argumente –ante la solicitud de atención económica pública para quienes producen buenas obras literarias— que los escritores deben ser seres libres, independientes de cualquier dinero público (otra vez este argumento). A ninguno de los que así piensa se le ocurrirá, sin embargo, colegir que cualquier cineasta –que recibe dinero público de TVE, ICAA (Ministerio de Cultura), y un larguísimo etcétera de instituciones autonómicas, nacionales, europeas e iberoamericanas, para la realización de sus películas—, sea un autor dependiente, no libre, y su obra se encuentre plegada a los designios e intereses del poder establecido.
Y sin embargo, por alguna razón, pensamos que los libros de los escritores serían distintos (dependientes) si fuera el estado quien les dotara, por medio de cualquier plan, de lo necesario para ponerse a escribir.
Este argumento de la necesaria independencia del escritor tiene su miga. No nos parece adepto al poder, o domesticado, el autor que recibe el Premio Cervantes o el Nacional de Narrativa, aunque se trate de dinero público, al fin y al cabo. Tampoco nos parecen adeptos al poder, dependientes, los escritores que continuamente, por su obra y su buen saber hacer, son reclamados para impartir conferencias y todo tipo de eventos remunerados, casi siempre, con dinero público. Pero en cuanto sale el tema de la financiación pública para la creación literaria irrumpe el concepto de escritor puro, independiente y auto manifiestamente libre que se apresura a declarar “aparta de mí este cáliz”.
Tal vez debiéramos preguntarnos de qué libertad, de qué independencia estamos hablando. ¿Una libertad y una independencia en la que los escritores no pueden hacer su trabajo (mientras el amigo locutor de radio, el agricultor, el músico y el director de cine, sí)?
De qué independencia hablaríamos. ¿Una en la que los escritores tienen que trabajar en otra cosa y escribir por la noche, en los fines de semana, los días de fiesta, en vacaciones? ¿O una en la que el escritor, si se pone a ello caiga quien caiga, quien cae primero es él mismo, y, si acaso su obra merece la pena, cuando la sociedad se dé cuenta del sacrificio que ha hecho ya lo cubrirá de honores, aunque sea después de muerto)?
De qué dignidad tan gallarda hablan quienes dicen que lo mejor es ser libres, independientes, no depender de la limosna del político (esa “limosna” que llueve como agua de mayo sobre quienes se han apuntado a fabricar energía con molinos de viento, los ganaderos y las mismísimas entidades financieras). ¿O acaso hablamos de una libertad que considera el sumun del éxito profesional escribir en periódicos y revistas artículos al servicio de un partido político o de otro (cuántas veces el interés de los políticos de por medio).
Como ya hemos apuntado, se da la absurda paradoja de que del libro viven todos: impresores, libreros, editores, distribuidores, traductores… Menos los autores. Qué clase de dignidad torera nos asiste cuando esgrimimos nuestra supuesta libertad e independencia para escribir lo que queramos, si aceptamos tácitamente este injusto “tanto vendes tanto vales”, que hace que editores, distribuidores y libreros traten con cierta condescendencia a la inmensa mayoría de los autores, pues cómo sino como pobres diablos pueden ver a quienes contribuyen con tanto esfuerzo y sacrificio personal e intelectual al negocio que ellos hacen; y a cambio, tan sólo, de dígame usted esa vanidad del escritor.
Los escritores mismos reprimimos cualquier manifestación de victimismo. Pero cómo no van a producirse manifestaciones de victimismo entre nosotros si con nuestra ausencia de “activismo” lo único que conseguimos es que la sociedad toda mantenga ante nosotros una actitud culpable por el trato que nos dispensa.
¿Y de verdad cree alguno que alguien se va a poner a leerle en serio sin que esa culpabilidad (provocada por la falta de consideración social) desaparezca, por muchas campañas de fomento de la lectura que los gobiernos realicen?
Hace unos días, a un buen amigo escritor (a uno de esos que se toman su trabajo en serio), le hicieron una pregunta: “Y tú qué haces, a qué te dedicas”. “Yo no hago nada, soy escritor: estoy en mi casa”, respondió. Su respuesta no me sorprendió en absoluto. Esa es siempre una pregunta incómoda. Muchos escritores no pueden menos que decir de sí mismos lo que todos parecen pensar de ellos, para qué gastar energías con explicaciones.
Sobre la subsistencia de los escritores y el mercado del libro
LA PREGUNTA IMPERTINENTE
¿Por qué todos pueden vivir del libro, menos quienes los escriben?
Todos sabemos que se está editando muchísimo (es lo que un buen amigo, Ernesto Suárez, llama “la burbuja económica del libro”). Cuanto más mejor. Pero mejor para quién. Si ese “cuanto más mejor” beneficia absolutamente a todos menos a los escritores, no sé. En este momento pareciera que los escritores debiéramos estar agradecidísimos de que se publique tanto, así nos publican a nosotros también. Pero lo que el escritor recibe de ese "editar cuanto más mejor" es un "no se vende", y "comprenderás que no te puedo pagar un adelanto de 6.000 euros por tu novela si no voy a tirar más que 2.000 ejemplares, y de un libro tuyo no puedo tirar más que eso". Qué digo 2.000. ¡Se están haciendo tiradas hasta de 75 ejemplares!, ¡hoy en día se puede imprimir así, de a poquito!
¿Y por qué cuantos más libros mejor? ¿Se trata de un desaforado anhelo de cultura por parte de la sociedad? ¿Es que leemos tantos libros como editamos? ¿Es que la sociedad se siente tan concernida por todo lo que se dice y sucede en el interior de los libros? Pues, con casi total probabilidad, no.
Los editores, los distribuidores y los libreros quieren vender (los impresores imprimir y los papeleros vender papel), por eso editan mucho y por eso cuantos más libros, mejor. A ver quién se niega. Los distribuidores reponen novedades al menos una vez a la semana, si no dos o tres. Para el distribuidor, cada libro “colocado” en la librería es un libro vendido, al menos a 60 o 90 días vista. Si el librero devuelve el libro, el distribuidor le da otro. (La querencia de que esos libros editados sean leídos es otra cosa: si son leídos, bien, y si no, también). No digo que al editor no le interesara poder editar menos libros y sacar más rendimiento de cada uno de ellos, ni que los libreros prefirieran no verse urgidos a devolver libros a un ritmo superior que el ritmo de la reposición de los distribuidores, pero así es cómo está funcionando el mercado. Al parecer, según comenta Ernesto Suárez (poeta, crítico, profesor universitario y editor), pero también algunos de los editores con los que he hablado del tema, el negocio del libro se encuentra en “ese dinero demorado”, ficticio, entre reposición y reposición.
El problema es que esa política beneficia muchísimo a toda la industria, pero produce muy pocas ventas de cada libro en particular, y sin embargo los escritores siguen firmando unos contratos en los que se les ofrece un 8% o un 10 % de las ventas, con unos adelantos ridículos o sin adelanto directamente. Tu libro puede estar en catálogo y disponible el tiempo que haga falta. Aunque vendas 2 libros al año, no importa. Y el único pago es que tu libro figure en las páginas webs de las editoriales y las librerías: así que podríamos decir que la industria del libro te paga a cuenta de tu vanidad y con la grata sensación del imprimátur. Pura sensación, nada más. A partir de unas semanas, tu libro ni siquiera se encuentra en las librerías. O se encuentra sólo en algunas librerías y de manera testimonial.
El tema es que aquí el único que pierde de todo esto es precisamente quien escribe los libros, porque absolutamente todos los demás ganan. ¿Resultará descabellado pedirle a esta industria que ofrezca unos mínimos a quienes escriben los libros? ¿Resultará indecoroso señalar el problema y pedir públicamente que no ganen tanto a expensas de la supervivencia de los escritores? Y... ¿de verdad creemos que si señalamos bien el problema, lo analizamos, lo delimitamos, y buscamos soluciones, no las vamos a encontrar?
O sea, ¿que de la producción de libros de esta industria no se puede (entre las ganancias de editores, diseñadores, libreros, distribuidores, impresores, papeleros y ese larguísimo etcétera de gentes que sí cobran por su trabajo en todas las empresas relacionadas con el sector –comerciales, gabinetes de comunicación, agentes de marketing, becarios, correctores de estilo y lectores, etcétera, etcétera, etcétera…) sacar lo suficiente para que quienes escriben aquello con lo que comercian puedan salir adelante?
¿No podría un Gobierno sentarlos a todos a una mesa hasta alcanzar una solución?
Hace falta mucha voluntad política. La voluntad política la consiguen los colectivos haciéndose oír. Y los escritores tienen una de las mejores herramientas para hacerse oír.
Pero, amigo, lo que no hay es conciencia de que existe un problema. El problema se sufre, se padece, pero no parece que tengamos conciencia de él.
Pues empecemos por la conciencia del problema. ¿Cómo es posible que nos parezca normal que la industria del libro no se preocupe lo más mínimo por la subsistencia de quienes la abastecen de materia con la que comerciar?
Todo parece indicar que ni siquiera los propios escritores y escritoras estiman que merecen unas medidas públicas para subsistir. ¿Dinero para escribir? No, gracias. Los editores, sin embargo, sí reciben ayudas públicas a la edición de libros. (Porque, aunque parezca mentira, en este país sí que se conceden ayudas públicas al sector del libro, sólo que no se otorgan a los autores, sino a los editores, los traductores, y a un etcétera que podríamos investigar y que acaso nos sorprendería).
Curiosamente, a los editores no les duelen prendas a la hora de recibir ayudas para publicar libros. Reciben el dinero público y ese dinero público les sirve para pagar al impresor, al diseñador, etc. Los editores también están muy interesados en que haya ayudas para los traductores, sin embargo no parecen interesados, en absoluto, en que haya ayudas para los autores; o es que prefieren que se las den a ellos, un dinero del que ellos disponen para su negocio y que nunca llega a los autores de los libros que publican gracias a esas ayudas recibidas. Para qué pagar algo que, parece, no tiene ningún valor (los autores están dispuestos a regalarlo, les dices que no puedes pagarles y te dan el manuscrito para que lo publiques y parecen muy honrados de que lo hagas, encantados de la vida con ver su libro editado; muchas veces los autores no se plantean siquiera si deberían cobrar por ello, para qué pagarles, es el libre mercado). Eso sí, la ayuda económica la consiguen con el manuscrito del escritor. Sin el manuscrito del escritor no hay nada que hacer.
Luego, el editor publica el libro haciendo uso del dinero público para pagar a todo el mundo, menos al autor. Al autor le liquida al año (unas ventas pequeñas puesto que el mercado está tan saturado que de su libro no se vende gran cosa). Y en esa liquidación ni siquiera incluye las ventas a instituciones. Muchas veces esto se especifica en una cláusula leonina: “no entrarán en la liquidación del autor los ejemplares vendidos por la editorial directamente a instituciones” (dinero público), que, añado yo, en tantos casos constituirá el mayor número de ejemplares vendidos.
¿Vender? Por cierto, no hablo con ningún escritor que se crea las liquidaciones que le realizan sus editores. No están obligados a hacerlas de una manera transparente. El autor se ve obligado a confiar ciegamente en lo que le dice el editor, y punto.
Pero no digo con esto que los editores sean malos, unos monstruos, lo peor del mundo. No, es su negocio. Si pueden obtener algo sin tener que pagarlo, lo hacen. Sólo que se da la casualidad de que, precisamente, lo que pueden obtener gratis o prácticamente gratis, en esta industria del libro, es el trabajo de los escritores, los manuscritos. ¿Hará falta algún elemento de regulación?
¡Nosotros hacemos contratos con los autores! ¡Nosotros liquidamos anualmente!, dirán. Y, en efecto, hacen contratos a los escritores, y liquidan anualmente. Otra cosa bien distinta es que esos contratos y esas liquidaciones sean suficiente esfuerzo editorial de cara al tema que estamos tratando: la subsistencia de los escritores. Y si no lo son, ¿no deberían de ir pensando en cómo conseguir que lo sean? Tal vez sería interesante que las editoriales buscasen recursos, además de para tener ejemplares y poder cubrir los gastos de producción y distribución (que viva el editor, empleados, becarios incluso; el impresor y sus empleados, el papelero y sus empleados, etc.), para que el autor publicado esté cubierto el tiempo de escribir el siguiente libro. A lo mejor se pueden repartir los recursos que se obtienen entre menos libros y menos autores (pero acordándose de estos). Seleccionar más y editar lo esencial es trabajo de editor. Solía serlo.
Y el trabajo de los políticos, por cierto, suele consistir en legislar todo tipo de actividades para que no se pueda explotar a ninguna persona. Estudiar la realidad de los sectores económicos y establecer los elementos de regulación para que ningún colectivo se encuentre desfavorecido.
La única razón de que existan las ayudas a la edición y no a la escritura es que, efectivamente, los editores son un lobby (como los agricultores, los ganaderos, los cineastas y los fabricantes de coches, etc.). Ellos sí tienen interlocutores que negocian con los gobiernos de turno las ayudas al sector (lo mismo que los distribuidores, los libreros y, supongo, impresores y fabricantes de papel). Me comenta un amigo que, hace unos años, el Ministerio de Cultura tenía unas ayudas a la escritura, que las quitaron de un día para otro y nadie dijo nada. Quién iba a decir qué. No había interlocutor ninguno. Ni se formó para la ocasión. Ni nada de nada. ¿No deberíamos de estudiar las razones por las cuales los escritores se conforman con… nada? ¿Cómo es posible que los escritores no se asocien y defiendan sus intereses colectivos? ¿Por qué no quieren ni un mejor trato del sector editorial, ni dinero público, ni ningún tipo de cobertura social que tenga en cuenta que, además de sobrevivir de lo que sea, escriben libros?
¿Será que los escritores no se ven a sí mismos como parte de la sociedad, sino como una élite o un grupo al margen? Al fin y al cabo, cuando escribimos siempre, de una u otra manera, acabamos dirigiéndonos a ella: en un lado estamos nosotros y enfrente, al otro lado, el resto del mundo. Supongo que hay muchos que se sienten a sí mismos sobre un andamio de oro, por encima del resto de las personas. Confieso que no es mi caso. Tal vez por eso sí me comparo con el resto de los componentes de esta sociedad al mismo nivel (es lo que hago en este artículo), y encuentro un importante escalón, el andamio bajo tierra.
Y es cierto, Faulkner escribió "Mientras agonizo" sobre una carretilla puesta al revés mientras trabajaba como guarda nocturno en una fábrica. Pero mal vamos si seguimos poniéndonos como ejemplo a seguir la vida de autores que lo tuvieron tanto más difícil que nosotros (entre otras cosas, porque no tuvieron ninguna opción). En cierto sentido, es como decirle a un agricultor de Cuenca que se fije en lo difícil que lo tiene un agricultor de Gambia, y cómo los agricultores gambianos salen adelante (o no), y se enfrentan a las malas cosechas, y al hambre, y al trabajo. Y arengarle a que soporte lo mismo, que sea valiente, que aquí está mucho mejor.
Impresionante lo de tantos escritores que lo tuvieron más difícil que nosotros: pero ser insumiso no es morirse de hambre o permitir que tu familia lo pase mal porque tú tienes que escribir.
Me temo que nos ha costado tanto construirnos un discurso para la resistencia –un discurso plagado de ejemplos de vida perra de grandes escritores mientras escribían los libros que nos gustan—, que da igual que estemos en otro tiempo, en otro lugar, y que los ciudadanos, en general, tengan determinados derechos: no queremos renunciar al discurso que tanto nos ha costado elaborar, y sin el cual algunos no hubiesen resistido, y otros no hubieran desfallecido con tanto honor y laurel.
Hace unos meses falleció un amigo escritor –probablemente suicidado—, poco más de cuarenta años, no había trabajado, ni formado familia, tampoco había escrito mucho, pero lo poco que escribió es notable. Y como no tuvo una vida fácil, todo el mundo se apresuró a rendirle todo tipo de honores: cortometrajes, canciones, artículos en prensa. Me alegré mucho por él. Yo mismo escribí lo mejor que supe sobre su desaparición. Pero el regusto es amargo. No es justo. Me pregunto qué pensarían otros miembros de la sociedad si les propusiéramos recibir el mismo trato, pagarles así, y les pusiéramos como ejemplo a seguir todos los que tuvieron, y tienen cada día, que hacer lo mismo que ellos en circunstancias mucho más adversas.
No, amigo. Yo quiero ser un escritor de hoy, o, mejor dicho, de esta sociedad. A mí las penurias de otros no me arreglan.
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Tal vez no sea tan descabellado solicitar a la administración un buen programa de becas de escritura para proyectos puntuales (los traductores las tienen, es absurdo que los escritores no). O pensiones de escritura para los que quieran dejar su trabajo por un tiempo y ponerse a escribir. Y la potenciación de una industria paralela que es vital para los escritores, los bolos: recitales, lecturas, conferencias, tertulias, mesas redondas. Que se comprenda que los señores y señoras que participan en ellos y los llevan a cabo tienen que hacer sus esfuerzos (no se nos ocurrirá nunca no pagar al cuentacuentos, que va de biblioteca pública en biblioteca pública, ¡tiene que ensayar, aprenderse todo eso de memoria! El escritor se lo tiene que inventar. Su aportación es infinitamente más relevante. Y por cierto, resulta absolutamente absurdo que “un autor” que además es “cuentacuentos” reciba más dinero por una sola contada en una biblioteca que por los derechos de un libro que ha tardado años en escribir. ¡Gana más un cuentacuentos en una hora que un escritor con su libro!)
No parece descabellado que los escritores exijan al sector del libro, en su conjunto, un mayor compromiso con quienes les suministran la materia con la que comercian. Y no cabe duda de que la única manera de defender los intereses de cualquier colectivo pasa por una mayor implicación de sus componentes en las decisiones gubernamentales que les atañen, asociándose para negociar con el resto del sector. No seré yo quien llame a los escritores a la formación de un lobby, nada más lejos de mi forma de proceder y de mi carácter, pero es que el escritor tiene el poder de su escritura y entre sus atribuciones se encuentra el necesario cuestionamiento de lo establecido; al menos podríamos exigirnos el análisis de la propia situación. Por supuesto que todo lo expuesto aquí nos avergüenza, nos estigmatiza, ataca a nuestra vanidad y autoestima (mon dieu, qué malo soy, qué daño nos estoy haciendo, ¡las miserias deberían quedarse bajo la alfombra!); preferiríamos que nadie nunca osara decirlo y seguir mirándonos sólo en Andrés Neuman recogiendo el Alfaguara, en Juan Marsé recogiendo el Cervantes y en Roberto Bolaño derribando las fronteras de EE.UU. después de muerto, pero la realidad del día a día es, radicalmente, otra.
Si nos importa esto del libro y la creación literaria...
Se habla de "la muerte de la novela”, “la muerte del libro", etc. Se edita más que nunca, demasiado; sin embargo yo me siento menos estimulado a publicar mis libros ya escritos que en ningún otro tiempo ningún escritor con libro terminado, y no creo ser el único. Para qué publicar. ¿Tiene sentido? ¿No será eso lo que “se muere”?
Las conclusiones. En resumidas cuentas:
-La industria editorial tiene que hacer mucho más por la subsistencia de los escritores (reparto equitativo de beneficios)
-Las instituciones públicas tienen que hacer mucho más por la subsistencia de los escritores (legislación y recursos económicos en diversas modalidades).
-Los escritores tienen que hacer mucho más por su subsistencia (activismo).
Se trata de que todos seamos conscientes de que es posible ampliar el número de escritores que subsistan dedicándose a leer y escribir, leer y escribir.
Como escritor, si estás de acuerdo, difúndelo por favor.
