domingo 24 de julio de 2011

ESCRIBIR NARRATIVA EN CANARIAS DURANTE LOS NOVENTA


Nicolás Melini

Anelio Rodríguez Concepción

En 1995 escribí mi primera novela publicada, “El futbolista asesino” (a los 25 años). Permítanme una reflexión, que creo necesaria llegado este punto, 15 años después, sobre algunas de las decisiones –estéticas, narrativas—, que personalmente hube de tomar entonces.

De todos es sabido que en Canarias se produjo un boom narrativo en los 70, con autores fundamentales de nuestra literatura: Isaac de Vega, Rafael Arozarena, Juan Manuel García Ramos, Luis Alemany, Juan Cruz, etc. Este impulso narrativo no tuvo tal vez la continuidad en los 80 y 90 que algunos críticos hubiesen querido, pero no deja de ser un hito de la literatura de las islas y algunos de aquellos autores, si no todos, son de una importancia innegable en la tradición literaria insular. Para el joven escritor en ciernes que yo era a mediados de los 90, no resultaba sencillo obviar que estos autores conformaban ya un canon. Aunque el boom había pasado y los años 70 quedaban 15 años atrás, se percibía cierta nostalgia de aquellos años, los principales autores surgidos en los 80 habían tomado el testigo con veneración hacia las obras y los autores aquellos, abundando, desarrollando, una estética deudora de la de sus libros; similares estrategias narrativas que algunas de aquellas obras, “Mararía”, “Fetasa”, “Guad”, “Los puercos de Circe” o “Retrato de la nada hecha pedazos”. Fueron unos años 80 de consolidación del nacionalismo, de entronización de “lo nuestro”, de ensimismamiento, de vuelta constante a aquellos narrativos años 70, al tiempo que el país, España, cambió mucho, el sector editorial nacional también, y la Historia se aceleró (¿acaso no va cada vez más rápido?). Algunos de aquellos narradores de los 70 persistieron, con innegable coherencia, en sus postulados estéticos (Isaac de Vega), otros emigraron y se incorporaron a la industria editorial, con todo lo que ello podía comportar (J.J. Armas Marcelo, Juan Cruz).

Dolores Campos Herrero

De tal modo que ser un joven escritor canario en ciernes en los primeros años 90 suponía, evidentemente, unos riesgos. Había que tomar decisiones muy serias respecto de qué tipo de literatura se quería o no llevar a cabo. Entre los de mi generación, Víctor Álamo de la Rosa optó, publicando su primera novela, “El humilladero” (1993), por continuar aquella breve tradición literaria insular que había tenido su boom en los 70. Yo debí evadirme, desmarcarme de ella. Lo cual no significa menospreciarla, muy al contrario. Creo que el sólo hecho de haber tenido que tomar una decisión hacia el futuro en reacción con aquella literatura ya le confiere suficiente consideración. En cualquier caso, no me resulta sencillo obviar esa reacción cuando, hoy en día, me explico por qué escribí así “El futbolista asesino” (ni otra cosa ni de otra manera). Debo reconocer que anidaba en mí un deseo –animadversión— de ruptura, aunque desde luego no podía estar seguro de que existiese tal posibilidad con una novela como aquella. Tampoco aproveché, cuando salió publicada, para señalar esa intención, publicitar la novela según aquel impulso. Era algo que me importaba en términos de decisión creativa, nunca como posibilidad publicitaria. Por supuesto que era joven y quería destacar, diferenciarme, definirme, singularizarme, mostrarme genuino en aquel entorno, pero eso ha de hacerse con lo escrito, con la obra. En cualquier caso, aunque se tratara de una decisión estética que sólo intervino en el primer impulso creativo (un revulsivo), para dar paso luego, en la escritura, a lo que de verdad importa en esa novela, creo que algunas de las sensaciones que me producía –de manera muy general— la narrativa insular en aquel momento no dejan de atesorar cierto grado de verdad. 1) Intuitivamente, percibía un agotamiento de aquel “movimiento” literario canario. 2) Intuitivamente, percibía que, entre los poquitos lectores que estábamos involucrados en aquella literatura, ya deseábamos que se abriesen las opciones. 3) Como lector, y aún reconociendo la calidad de muchas de aquellas obras, no era aquella la literatura que me entusiasmaba. 4) Como escritor no me veía impelido a continuar con aquello, es más, intuía que mis aptitudes serían mejor aprovechadas continuando otra tradición. 5) Como ciudadano de las islas (justo las acababa de abandonar) el cuerpo me pedía cambio, algo distinto, regeneración, y estaba convencido de que era lo que le hacía falta a la literatura de las islas en aquel momento.

Victor Álamo de la Rosa

En términos muy generales, encontraba la narrativa precedente demasiado rural, y, tal vez por eso, “El futbolista asesino” resulta urbana (incluso cuando tiene lugar en una urbe tan pequeña como Santa Cruz de La Palma). Encontraba la narrativa escrita hasta entonces demasiado retórica, y a mí me seducían más Salinger, Bukowski, el Cela de “La familia de Pascual Duarte”, el Camus de “El extranjero”, el primer Paul Auster, Raymond Carver, Barry Giford, Martin Amis, que eran los escritores que leía por entonces. Además, no me interesaba en absoluto construir ficciones en el pasado insular. Aunque comprendía que había sido muy necesario, acaso indispensable, para la sociedad de las islas, construir ese imaginario por medio de una serie de novelas, echaba en falta, como lector, el imaginario insular presente, historias que sucedieran en las islas en aquel (y este) preciso instante, con su particular combinación de urbanidad-ruralidad, y la modernidad ecléctica y polifónica que caracteriza una sociedad muy singular, periférica de occidente, y por lo tanto rica en referentes literarios, cinematográficos, culturales en general (arquitectura, pintura, fotografía, televisión).

Era inevitable, supongo. Estaba en el aire. De hecho, visto ahora con cierta perspectiva y contemplando todo lo sucedido literariamente en las islas a lo largo de la década del 2000, el panorama literario insular ha experimentado un cambio notable en relación con la literatura más emblemática de aquellos 70 (y 80 y 90), tal como se refleja en la obra de los autores literarios más recientes, entre los que se encuentran Anelio Rodríguez Concepción, Álvaro Marcos Arvelo, Bruno Mesa, JRamallo, Gabriel Cruz, Santiago Gil, José Luis Correa y Alexis Ravelo (por citar algunos). En términos generales, los nuevos autores literarios estamos imponiendo la narración (muchas veces recurrimos al género) sobre lo experimental, poético o retórico. La mayoría carecemos de complejos a la hora de ubicar nuestras historias en un espacio-tiempo actual, ya sea de Canarias o de cualquier otro lugar. La escritura de la mayoría de nosotros no bebe directamente de la tradición construida por los autores que nos han precedido en las islas (como sucedía en los principales autores surgidos en los 80), lo cual se percibe hasta en el lenguaje, cuando no en la evidencia de que incorporamos a nuestras letras, con más o menos naturalidad, otras tradiciones literarias.

Bruno Mesa

Álvaro Marcos Arvelo

No tengo hecho el estudio (ni creo que deba ser mi cometido) que nos permitiría ofrecer una serie de títulos inicio de este cambio en la narrativa insular, pero, personalmente, lo comencé a sentir en “Basora” (1989), libro de cuentos de Dolores Campos-Herrero –una autora que se instaló en esta diferencia en todos sus libros publicados a lo largo de los 90 y la década del 2000, hasta su desaparición—. Y me llama la atención cómo este cambio se ha dado en la obra de Luis León Barreto, en su evolución desde principios de los 80 hasta hoy, porque pareciera que los postulados de cada nueva obra se van modificando, a veces, en concordancia con los tiempos que literariamente parecen tocar en cada momento. Sin introducir rangos cualitativos, el resto de los autores surgidos en los ochenta no parecen haber tenido la misma evolución: ni Sabas Martín, ni Agustín Díaz Pacheco, ni Víctor Ramírez.

Añadiré que no creo que nada de esto sea mejor ni peor que lo precedente. Es, simplemente, cómo se está dando. No caigamos en la tentación de percibir la Historia como una mejora en el tiempo. A unos gustará más, y a otros, menos. A unos les parecerá que es lo que toca y a otros les parecerá que no. Por mi parte añadir que creo que aquellas decisiones que hube de tomar en mitad de los 90, al enfrentar la escritura de “El futbolista asesino”, en la actualidad, ya no es necesario tomarlas. (Al menos no seré yo quien, a los 40, vuelva a librar las mismas batallas que a los 25). Curiosamente es Víctor Álamo de la Rosa –el autor de nuestra generación que se decantó claramente por el camino más regionalista de nuestra literatura—, el que ha obtenido más difusión en el exterior; sea porque ha incidido como nadie en el género mejor difundido, la novela; por su actitud mucho más combativa a la hora de llevar sus libros a editoriales nacionales y de otros países; o, también, y por qué no, porque ser el único autor que está haciendo un determinado tipo de libros (singularidad, especificidad) despeja competidores en determinados ámbitos. Lo cierto es que, creo, tampoco caben maniqueísmos cualitativos con estas cosas, independientemente de que nos pueda agradar más una propuesta estética, narrativa, literaria, que otras.


Alexis Ravelo

Pienso que ahora, tal vez, nos encontramos en el momento centrífugo de insertar nuestra literatura en la del resto del país-lengua. Tengo la sensación de que, a diferencia de aquel movimiento centrípeto de los 70, los nuevos narradores tienen la ambición de actuar e influir en el canon nacional –un canon nacional complejo, en el que vienen interviniendo con naturalidad muchos autores de las literaturas hispanoamericanas—, y no se resignan a hacerlo sólo en un canon insular al margen de todo. Lo cual no comporta menos ni menores complicaciones que las que enfrentaron nuestros predecesores. Obligados estamos a realizar numerosas decisiones estéticas en una Historia de la Literatura que se mueve cada vez con mayor velocidad, exigiendo mayor atención aún en un terreno, además, mucho más vasto; el vastísimo terreno de la literatura en español.

Diario de Avisos, suplemento El Perseguidor, Sábado, 23 de julio de 2011

viernes 22 de julio de 2011

COBARDES Y VALIENTES


Tanto en cine como en literatura, nos enseñan a estructurar las narraciones: no nos enseñan a evitar estructurarlas más de lo que queremos.

Y es indispensable para contar y transmitir según qué cosas.

Tantas veces nos dejamos llevar por una estructura más o menos eficaz sólo por temor: temor a aburrir, miedo a no imprimirle al relato la suficiente intensidad; preocupación porque no se entienda; pavor a que nos consideren pedantes, especiales, distintos; histeria ante la posibilidad de no agradar. A veces nos metemos en una espiral que nos lleva a estructurar más de lo que quisiéramos, sólo por cobardía.

Pienso en algunos grandes del cine y la literatura, y no puedo más que admirarme de su capacidad para defenderse del miedo que nos iguala.

martes 19 de julio de 2011

SOY UN AGUAFIESTAS


Os vamos a seguir atacando el euro, sabemos que aún podéis pagar más por vuestra deuda


Siempre he sentido una suerte de estupor ante la idea de la especulación. Algo que está mal no puede traer nada bueno. Algunos, sin embargo, opinan “qué tendrá de malo ganar un poco de dinero”. Un poco o, si es posible, mejor mucho. O sea, que soy un moralista y un aguafiestas. ¿Será verdad? El tinglado está montado, básicamente, para democratizar la posibilidad de especular. Es como si nos dijeran que, si no especulamos, somos unos pringados. Y, de hecho, una enorme cantidad de gente acaba especulando en mayor o menor medida, y encantados de obtener un beneficio rápido y fácil. Cualquiera se niega. Cuando cualquier empresa obtiene un cierto volumen, sale a bolsa y se considera el sumun; a partir de ese momento todos podemos, si queremos, tratar de especular “sobre” ella. Claro que, bien o –mejor— mal mirado, nos encontramos en una crisis económica producida precisamente por la especulación financiera y por la especulación con el precio de la vivienda (2 tipos de especulación con millones de operaciones especulativas). Qué tendrá de malo ganar un poco de dinero. La gente se va al paro mientras siguen especulando con todos nosotros, ahora por medio de agencias de calificación que generan incertidumbre sobre la capacidad de nuestro país para devolver su deuda (una forma sencillita de que quienes adquieran esa deuda obtengan mayores beneficios). Es una fiesta. Un tanto caníbal, para mi gusto, pero… La gente se va al paro, sufre, la economía va mal, pero unos pocos se dan el festín. Pringados los primeros, claro, y vivos los segundos: qué habrá de malo en ser un vivo. Ser un vivo es bueno, y ser un pringado, malo. Y sin embargo, ¿no sería posible delimitar los aspectos perniciosos de este sistema económico? ¿Por qué estamos obligados a aceptar este capitalismo financiero en todo su "esplendor", burbujas especulativas incluidas? ¿Y si, simplemente, aboliésemos la especulación? O le fabricáramos un corral: los que quieran festines financieros, entren ahí, y déjenos en paz a todos los demás. Ahora que lo pienso: es tremenda mi vocación de aguafiestas.


Llegar a pobres nos costó lo suyo.



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lunes 4 de julio de 2011

MIS SENTIMIENTOS

Nicolás Melini


El fotógrafo Alexis w es partidario de que las prostitutas obtengan unas condiciones laborales dignas, y por eso ha realizado una serie fotográfica, que expone en el CAAM, consistente en retratos de prostitutas con el rostro oculto tras una careta decorada por ellas mismas, como las que se ponen cuando salen a la calle a manifestarse. Para el catálogo nos ha pedido a muchos un texto relacionado con la prostitución. Este es el mío, un cuento. 

Prefiero la Casa de Campo. Me resulta más cómodo. Hay variedad. Me doy un paseo con el coche antes de regresar a casa y siempre encuentro lo que busco. Es lo más rápido y lo más cómodo.

La primera vez, el corazón se me salía del pecho. Fue muy excitante. En cuanto tomé la decisión de irme para allá, el corazón empezó a latirme desbocado: tenía miedo, pero el miedo me excitaba aún más. Temía que alguien me descubriera, alguien conocido; o que mi mujer se diese cuenta; también temía que me pasara algo; o que me fuera mal; y temía también la reacción de la otra persona ante mí. Mientras descendía despacio por la calle –y luego ya por la Casa de Campo, adentrándome cada vez más en la oscuridad, hasta alcanzar la llanura—, apenas podía respirar.

Después de aquella primera vez, la excitación fue disminuyendo poco a poco. Sabía que Clara, en casa, no podía imaginar que yo pudiera pasar por la Casa de Campo, a tener sexo con una prostituta, después de salir del trabajo. También me tranquilizó mucho observar que, en la Casa de Campo, mi coche no llamaba la atención. Abundaban los coches como el mío. Me gustó saber que no era un bicho raro. Además, eso significaba que se trataba de un lugar seguro. Nadie se atrevería a acercarse al coche mientras me encontrara aparcado en cualquier sitio, entre los árboles.

Así que ahora, desde hace ya algún tiempo, hay días que salgo de la oficina, cojo el coche y, cuando llego a Cuatro Caminos, unas veces sigo para casa y, otras –a veces ni lo premedito— tiro para abajo. Sólo he de tener cuidado con los condones. Con mi mujer nunca los he utilizado. Así que si me los encontrara… Pero he descubierto un lugar perfecto para esconderlos sin peligro de que los descubra, ni queriendo ni por accidente. Un lugar en el coche, a mano (en el volante). Bajo el distintivo de Audi hay un compartimento y me caben hasta cuatro.

La primera vez probé con una negra, africana. Nunca había estado con una. Me picaba la curiosidad. Y bien. Fue muy fría conmigo. Metódica. Dejando claro en todo momento cuál era la naturaleza de nuestro intercambio. Me fascinó descubrir que por dentro de aquella piel oscurísima había una vulva rosada, color carne. Y me sentí absolutamente descolocado con el contacto duro, atlético, de su cuerpo. Me resultaba impracticable, más aún en el coche. Pero me corrí, de pronto. No es que me corriese rápido. Sino que nunca me había sobrevenido un orgasmo así, por sorpresa.

Con el tiempo he ido comprendiendo que los días que he currado bien, que he conseguido algo importante, o complicado, me apetece más pasar por allí. Es como si esos días me dijera que me merezco un rato agradable, correrme. A mí me encanta mi mujer. También en la cama. Sin embargo, un día me sorprendí al volante –ya en lo alto de Cuatro Caminos—, deliberando entre la posibilidad de seguir para casa y hacerlo con ella, o desviarme… Regresar a casa e iniciar todo el tránsito amoroso me dio una pereza horrorosa. Sin embargo, dirigirme hacia la Casa de Campo a ver a quién me encontraba por allí, conocido o por conocer, me resultó de lo más apetecible. El dinero no es ningún problema. Es muy barato.

He estado con hispanas, con mulatas, con negras de ambos lados del atlántico… Pero me encantan las del este, por sus tipitos y por su acento y por su trato, nada meloso, sin engaños ni hipocresías como en el caso de las latinas; menos clásico, más moderno. Durante un tiempo hubo una que me volvía loco. La buscaba. En alguna ocasión que no la encontré, seguí para casa. Algunos de los mejores polvos que he echado con mi mujer se los debemos a ella, a la polaca. Irina me ponía tanto que, si no la encontraba, no dejaba escapar a Clara. Me trastornaba. En alguna ocasión me insinuó que podríamos vernos fuera de la Casa de Campo y, la verdad, es algo que lamento que no se produjera. Me hubiese encantado verla en un piso. Follar con ella en una cama. Incluso le hubiese pagado algo más. Luego probé con algunas más de su zona (rusas, rumanas, otras polacas) a ver si era lo mismo y podía pasar un poco de ella. No quería engancharme. La rechacé un par de veces y escogí alguna otra. Cuando me fui a dar cuenta, la había perdido de vista, no la vi más. El día que me di cuenta me entristecí por un instante, como quien comprende que algo se ha acabado, que esa persona ha salido de tu vida, para siempre, y ya nada volverá a ser como antes.

Sin embargo, por entonces ya había algo que me hacía saltar el corazón de nuevo, como la primera vez que me dirigí hacia allí: cada vez que pasaba por determinada bifurcación miraba hacia el fondo de la carretera que nunca había tomado, y allí atisbaba a los transexuales. Hasta entonces me había dicho que no me gustaban. Yo era un hombre. Me gustaban las tías. Pero algo me decía que aquello no era un asunto donde la virilidad tuviera nada que ver. Continuamente veía pasar hacia allá a tipos como yo, con su Audi, su BMW, su Mercedes. Un día me dije que no pasaba nada por ir con el coche y echar un vistazo de cerca. En cuanto tomé la bifurcación, el corazón se me aceleró y comprendí que quería probar.

No soy un hombre que se corra fácilmente. Es por la operación de fimosis. Me la hicieron tarde, a los 12 años, y yo creo que de un modo tal que siento un poquito menos que los demás tíos. Esto, al principio, cuando era muy jovencito, era una gozada, porque podía estar dándole un buen rato, y fardar mucho con las chicas. Pero, con el tiempo, con la edad –voy para 54— me está resultando un fastidio. Me gustaría llegar antes y sin tanto esfuerzo físico. En cualquier caso –a lo que voy—, apenas ha habido alguna mujer que haya conseguido que me corra en su boca. Se cansan antes. Entonces les digo que sigan con la mano. Muchas me sorprenden y son muy buenas con la mano, la lubrican bien con su saliva, son hábiles, expertas. Pero otras tantas son torpes y resulta frustrante tener que decirles que lo dejen sin siquiera haber llegado. Con mi primera transexual, sin embargo, fue espectacular. No sólo consiguió que me corriese en su boca, me arrancó un grito de placer. Se llamaba Margó. No lo olvidaré. Le pedí que me explicara cómo lo había hecho y me dio mucha rabia no acabar de entender lo que decía. Su portugués (era brasileña, o brasileño, no sé qué decir respecto del género de los transexuales) y su falta de educación e inteligencia convertían sus palabras en inteligibles para mí.

Cuento publicado en el libro Hetaria, catálogo de la exposición de Alexis w en el CAAM.



Alexis w