Nicolás Melini
Anelio Rodríguez Concepción
En 1995 escribí mi primera novela publicada, “El futbolista asesino” (a los 25 años). Permítanme una reflexión, que creo necesaria llegado este punto, 15 años después, sobre algunas de las decisiones –estéticas, narrativas—, que personalmente hube de tomar entonces.
De todos es sabido que en Canarias se produjo un boom narrativo en los 70, con autores fundamentales de nuestra literatura: Isaac de Vega, Rafael Arozarena, Juan Manuel García Ramos, Luis Alemany, Juan Cruz, etc. Este impulso narrativo no tuvo tal vez la continuidad en los 80 y 90 que algunos críticos hubiesen querido, pero no deja de ser un hito de la literatura de las islas y algunos de aquellos autores, si no todos, son de una importancia innegable en la tradición literaria insular. Para el joven escritor en ciernes que yo era a mediados de los 90, no resultaba sencillo obviar que estos autores conformaban ya un canon. Aunque el boom había pasado y los años 70 quedaban 15 años atrás, se percibía cierta nostalgia de aquellos años, los principales autores surgidos en los 80 habían tomado el testigo con veneración hacia las obras y los autores aquellos, abundando, desarrollando, una estética deudora de la de sus libros; similares estrategias narrativas que algunas de aquellas obras, “Mararía”, “Fetasa”, “Guad”, “Los puercos de Circe” o “Retrato de la nada hecha pedazos”. Fueron unos años 80 de consolidación del nacionalismo, de entronización de “lo nuestro”, de ensimismamiento, de vuelta constante a aquellos narrativos años 70, al tiempo que el país, España, cambió mucho, el sector editorial nacional también, y la Historia se aceleró (¿acaso no va cada vez más rápido?). Algunos de aquellos narradores de los 70 persistieron, con innegable coherencia, en sus postulados estéticos (Isaac de Vega), otros emigraron y se incorporaron a la industria editorial, con todo lo que ello podía comportar (J.J. Armas Marcelo, Juan Cruz).
Dolores Campos Herrero
Victor Álamo de la Rosa
En términos muy generales, encontraba la narrativa precedente demasiado rural, y, tal vez por eso, “El futbolista asesino” resulta urbana (incluso cuando tiene lugar en una urbe tan pequeña como Santa Cruz de La Palma). Encontraba la narrativa escrita hasta entonces demasiado retórica, y a mí me seducían más Salinger, Bukowski, el Cela de “La familia de Pascual Duarte”, el Camus de “El extranjero”, el primer Paul Auster, Raymond Carver, Barry Giford, Martin Amis, que eran los escritores que leía por entonces. Además, no me interesaba en absoluto construir ficciones en el pasado insular. Aunque comprendía que había sido muy necesario, acaso indispensable, para la sociedad de las islas, construir ese imaginario por medio de una serie de novelas, echaba en falta, como lector, el imaginario insular presente, historias que sucedieran en las islas en aquel (y este) preciso instante, con su particular combinación de urbanidad-ruralidad, y la modernidad ecléctica y polifónica que caracteriza una sociedad muy singular, periférica de occidente, y por lo tanto rica en referentes literarios, cinematográficos, culturales en general (arquitectura, pintura, fotografía, televisión).
Era inevitable, supongo. Estaba en el aire. De hecho, visto ahora con cierta perspectiva y contemplando todo lo sucedido literariamente en las islas a lo largo de la década del 2000, el panorama literario insular ha experimentado un cambio notable en relación con la literatura más emblemática de aquellos 70 (y 80 y 90), tal como se refleja en la obra de los autores literarios más recientes, entre los que se encuentran Anelio Rodríguez Concepción, Álvaro Marcos Arvelo, Bruno Mesa, JRamallo, Gabriel Cruz, Santiago Gil, José Luis Correa y Alexis Ravelo (por citar algunos). En términos generales, los nuevos autores literarios estamos imponiendo la narración (muchas veces recurrimos al género) sobre lo experimental, poético o retórico. La mayoría carecemos de complejos a la hora de ubicar nuestras historias en un espacio-tiempo actual, ya sea de Canarias o de cualquier otro lugar. La escritura de la mayoría de nosotros no bebe directamente de la tradición construida por los autores que nos han precedido en las islas (como sucedía en los principales autores surgidos en los 80), lo cual se percibe hasta en el lenguaje, cuando no en la evidencia de que incorporamos a nuestras letras, con más o menos naturalidad, otras tradiciones literarias.
Bruno Mesa
Añadiré que no creo que nada de esto sea mejor ni peor que lo precedente. Es, simplemente, cómo se está dando. No caigamos en la tentación de percibir la Historia como una mejora en el tiempo. A unos gustará más, y a otros, menos. A unos les parecerá que es lo que toca y a otros les parecerá que no. Por mi parte añadir que creo que aquellas decisiones que hube de tomar en mitad de los 90, al enfrentar la escritura de “El futbolista asesino”, en la actualidad, ya no es necesario tomarlas. (Al menos no seré yo quien, a los 40, vuelva a librar las mismas batallas que a los 25). Curiosamente es Víctor Álamo de la Rosa –el autor de nuestra generación que se decantó claramente por el camino más regionalista de nuestra literatura—, el que ha obtenido más difusión en el exterior; sea porque ha incidido como nadie en el género mejor difundido, la novela; por su actitud mucho más combativa a la hora de llevar sus libros a editoriales nacionales y de otros países; o, también, y por qué no, porque ser el único autor que está haciendo un determinado tipo de libros (singularidad, especificidad) despeja competidores en determinados ámbitos. Lo cierto es que, creo, tampoco caben maniqueísmos cualitativos con estas cosas, independientemente de que nos pueda agradar más una propuesta estética, narrativa, literaria, que otras.
Alexis Ravelo
Pienso que ahora, tal vez, nos encontramos en el momento centrífugo de insertar nuestra literatura en la del resto del país-lengua. Tengo la sensación de que, a diferencia de aquel movimiento centrípeto de los 70, los nuevos narradores tienen la ambición de actuar e influir en el canon nacional –un canon nacional complejo, en el que vienen interviniendo con naturalidad muchos autores de las literaturas hispanoamericanas—, y no se resignan a hacerlo sólo en un canon insular al margen de todo. Lo cual no comporta menos ni menores complicaciones que las que enfrentaron nuestros predecesores. Obligados estamos a realizar numerosas decisiones estéticas en una Historia de la Literatura que se mueve cada vez con mayor velocidad, exigiendo mayor atención aún en un terreno, además, mucho más vasto; el vastísimo terreno de la literatura en español.
Publicado en el suplemento El Perseguidor, del periódico Diario de Avisos, sábado, 23 de julio de 2011







