Aunque ya no es una niña de la edad de los niños que juegan en este parque infantil, últimamente me la encuentro en el columpio, a cualquier hora, balanceándose como si hubiese perdido algo en ese balanceo y quisiera recuperarlo. Al principio venía cuando no había nadie. Evitaba encontrarse con estas gentes de un barrio bien de Madrid, junto al estadio Santiago Bernabeu. Sola se columpiaba feliz, se dejaba llevar, todo su cuerpo atrás y adelante. Pero, en cuanto llegaba alguien, se cohibía desconfiada en su balanceo, temerosa de que le llamaran la atención. Se sentía tan incómoda que —tras descender el ritmo y la alegría de su balanceo y observar un rato a los niños pequeños y a los adultos que habían llegado— abandonaba el columpio y se alejaba a buen paso, si no corriendo, fuera del parque.
Hoy es domingo. El parque para niños y las terrazas de verano para los adultos se encuentran repletos de estas gentes de una clase privilegiada con sus niños pequeños. Acaso haya cuatrocientas o quinientas personas, aunque no lo parezca, entre adultos y niños. Los primeros toman cañas y conversan entre sí sin dejar de echar un ojo a sus hijos, y los segundos van y vienen entre sus juegos y el reclamo de la atención de sus padres. En la arena del parque, entre columpios, sogas y toboganes, puede atisbarse algún que otro juguete (sobre todo palas y cazos de plástico); otros niños, un poco mayores, rodean el parque infantil con sus bicis y patines; y al fondo, lejos, un buen grupo corre tras un balón. Ella se balancea en el columpio, se encuentra rodeada de niños más pequeños y parece contenta, feliz de no haber recibido llamada de atención alguna, contenta de sentirse, casi, una más. Nadie la mira, nadie repara en ella, a pesar de ser mayor —una mujercita—, a pesar de que su madre pida ahí enfrente, al otro lado de esta ancha calle, y su padre rebusque en los contenedores de basura en busca del papel para reciclar.
A su lado, en el columpio contiguo al que ella ocupa, se balancea un niño pequeño. Ahora, el niño pequeño decide dejarlo e intenta bajarse, y como no puede él solo, le pide ayuda. Ella comprende, desciende, lo coge en un abrazo y lo deposita en el suelo, sin temor a que nadie le diga nada, en cierto modo ufana porque es útil.
Me he llevado una alegría.
Y me pregunto si observar a estas gentes, encontrarse entre ellas, compartir con ellas este espacio, le servirá de algo en el transcurso de su vida; si será tan lista (porque lo parece cuando observa) que sepa extraer algún tipo de conocimiento de haber estado aquí. No sé… Es un deseo, mi imaginación vuela hasta una mujer futura, una de esas extraordinarias personas que consiguen dar pasos en sus vidas que, normalmente, se producen sólo después de varias generaciones.

Precioso, Nicolás!
ResponderEliminarOjalá esa niña morena pueda escapar a su destino.
Gracias, Patricia, ojalá.
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