lunes, 20 de febrero de 2012

IMPRONTA II


Una cuestión etérea para cuatro creadores (del cine y la literatura): Cristina Peri Rossi, Eloy Tizón, Enrique Urbizu y Juana Salabert

Nicolás Melini

Supongo que nos interesa la literatura, el cine –el arte en general—, en la medida que otro ser humano (gente) nos traduce el mundo como si él mismo fuese un instrumento, pero un instrumento, además, con “voz propia”, el instrumento de los bellos sonidos que significan lo que nos rodea y a nosotros mismos —sobre todo a nosotros mismos—, lo que sentimos, lo que amamos y lo que detestamos, desde una mirada particular y universal. Habla el brujo en trance y pinta el bisonte. Habla el artista lúcido y nos emociona con un pensamiento que significa lo que somos como nada nunca antes. Un pensamiento (una emoción) en forma de poema, cuadro, cuento, película, fotografía, novela, instalación. Los que gustamos de ese conocimiento reconocemos en algunos de esos artistas una huella, una impronta, esa singularidad; Aki Kaurismaki, Miguel de Cervantes, Gustav Klimt, Manuel Padorno, Ousmane Sembène, Cildo Meireles, y así de manera interminable, como fotogramas de una película que resumiera nuestra historia.

Con este “Impronta II” indagamos sobre este aspecto en las obras de cuatro creadores del cine y la literatura actuales en el ámbito de la lengua española: ¿Qué es lo que más les importa? ¿Hay algo de su trabajo que estimen que es propio? ¿En qué aspectos son más radicales? ¿Hay algo que deseen transmitir sobre el mundo?

Cristina Peri Rossi

Cristina Peri Rossi (Montevideo, Uruguay, 1941) reside en España desde 1972. Es autora de más de 30 libros de poesía, cuento, novela y ensayo. Lumen ha reunido sus poemas en Poesía reunida (2005); y ha hecho lo propio con su obra cuentística en Cuentos reunidos (2007). Además sus novelas: El amor es una droga dura, La última noche de Dostoievski, Solitario de amor, La nave de los locos y El libro de mis primos. Y es colaboradora de prensa, últimamente en el periódico El Mundo, donde escribe sobre fútbol.

“Lo más importante para mí –comienza diciendo—, en cualquier género, tanto si escribo un poema, un cuento o una novela, es atrapar la atención del lector en la primera frase o en el primer verso. Creo que es fundamental, porque también me ocurre a mí como lectora: soy incapaz de seguir leyendo si el autor o la autora no me sedujeron al instante (motivo por el cual no he podido leer Bajo el volcán, de M. Lowry, por ejemplo). Es decir, lo importante en la escritura es la seducción, como en cualquier otra actividad humana. Sin seducción, no hay atención, no hay expectativa, no hay esperanza, ni pedagogía, ni siquiera hay relación que no sea de poder. Por tanto, también es muy importante el título del libro (y del relato, y del poema). Cuando era muy joven compraba libros de autores que no conocía, por el título: La balada del café triste, Mientras agonizo, El filo de la navaja…”

Y continúa:

“La otra cosa que me importa es mi propia opinión, luego de haber escrito un texto. Tengo gran facilidad para olvidar lo que he escrito, entonces, al leerlo es como si fuera de otra escritora, y ése es mi juicio. Por suerte soy una escritora de primera mano. No corrijo, si el poema o el relato o la novela no me complacen, me doy cuenta enseguida y no sigo. Detesto corregir. O sale a la primera, en estado de trance, o no vale. Antonio Machado lo dijo: «La inteligencia no escribe versos». Quizás la inteligencia pueda escribir novelas (Umberto Eco, por ejemplo), pero no escribe ni buena poesía ni buena narrativa. Creo en el estado de trance”.

En cuanto a los rasgos propios de su trabajo, esos que ella podría estimar como marcas de la casa, comienza afirmando que no tiene un estilo único: “En lugar de creer que «el estilo es el hombre», para mí el estilo es el libro, por tanto, puede variar de lo lírico a lo irónico, del realismo sucio a la sátira”.

Pero piensa que ha aportado dos cosas en su literatura:

“El humor, la ironía en muchos poemas. El giro satírico que le falta a mucha poesía solemne, aunque también puedo serlo cuando quiero. Y la «modernidad» de la que hablaba Rimbaud. Soy estrictamente contemporánea. Pienso que la literatura puede ser un reloj que adelanta, como decía Kafka”.

Y sí hay algo trascendente que le gustaría transmitir sobre el mundo y sobre sí misma:

“El mundo y yo somos relatos, somos poemas. La existencia misma es un relato múltiple y eso que pomposamente llamamos identidad es justamente el relato que hacemos (cambiante, diverso, ambiguo, contradictorio) de nosotros mismos. Pero no soy tan ingenua como para creer que esos relatos sean la verdad; son construcciones que nos hacemos para soportar la angustia de la muerte, del sinsentido, la incertidumbre de vivir y de morir. Mi yo no es tan específico, tan diferente, tan especial como para no poder coincidir con otros en muchos aspectos”.

Finalmente, tiene muy claro en qué aspectos de su vida y de su trabajo se muestra absolutamente radical y extremada:

“No escribo una sola línea en la que no crea profundamente, aunque luego me contradiga. Y como dice Alfredo, en La Boheme, «Soy un poeta, vivo como escribo». Sé que es una visión romántica de la escritura, por tanto, desfasada, pero es la mía. Por eso no me he presentado a ninguno de esos premios literarios que me hubieran sacado de la pobreza: por no escribir más que lo que siento y pienso. Supongo que cuando no pueda pagar el alquiler y me desahucien me arrepentiré, pero por suerte, no podré echarme atrás”.

Eloy Tizón

 Eloy Tizón (Madrid, 1964). Este año se cumplen dos décadas de la publicación de su libro de cuentos Velocidad de los jardines. Desde entonces, tres novelas, Seda Salvaje, Labia y La voz cantante, y otro libro de cuentos: Parpadeos. Su cuentística ha sido incluida en las principales antologías del género: Páginas Amarillas (Lengua de trapo), Cien años de cuentos (Alfaguara), Los cuentos que cuentan (Anagrama), Pequeñas resistencias (Páginas de Espuma), Relato español actual (Fondo de Cultura Económica), entre otras. La crítica suele destacar, precisamente, su personalidad, su originalidad y su capacidad para asombrar. Rafael Conte, por ejemplo: “El más original, personal y sorprendente de los narradores hispanos”. Y eso es, en cierto modo, aquello por lo que le preguntamos:

“Para mí hay un elemento básico en la escritura, difícil de definir, pero que para entendernos podemos llamar musicalidad. Es una cuestión auditiva. Los textos tienen que sonar bien al oído. Eso implica dar mucha importancia a las palabras, escogerlas con sumo cuidado, invertir tiempo en corregirlas, ser conscientes de la respiración del lenguaje, de sus ritmos, sus silencios… No sé si es el que más, pero este es un aspecto formal que me interesa mucho”.

No parece sentirse cómodo al referir algo que estime propio, marca de la casa: “Parece un ejercicio de vanidad, o incluso de algo peor, de mal gusto, reclamar un espacio exclusivo para uno mismo. Ese papel debería estar reservado para los demás, que son quienes mejor pueden enjuiciar y determinar el valor o no de nuestro trabajo con una perspectiva de la que nosotros, por razones evidentes, carecemos. Por otro lado, estamos tan influidos por otros autores (y cineastas, y músicos, y pintores, y…) que requerir una originalidad propia suena a un empeño bastante descabellado y falso. En general, desconfío de todo aquel que se presenta a sí mismo con la etiqueta de «transgresor» o (peor aún) «revolucionario»; eso habrá que demostrarlo. El pobre Lars von Trier anda por ahí pavoneándose en las ruedas de prensa de ser el mejor director de cine del mundo. Como no lo es, ni de lejos, hace el ridículo. Sí es cierto que encontrar una voz propia es una de las tareas más absorbentes y delicadas a la que todo creador, del campo que sea, debe enfrentarse. Creo que a veces es una cuestión de matices o de dosificación. La sensibilidad suele ser un cóctel de detalles. En mi caso, digamos que hay una mezcla de elementos en los que me siento cómodo y hacia los que tiendo de manera natural: elementos líricos y humorísticos, a veces oníricos, combinados con una mirada que pretende ser incisiva y agridulce. Esos son, más o menos, los ingredientes del cóctel. Cuando todos ellos se dan simultáneamente en un mismo escrito (es decir, cuando encuentro el tono exacto de lo que quiero narrar), suelo sentirme tranquilo y reflejado en lo que hago”.

Y tampoco se siente cómodo al referir si hay algo trascendente, universal, que desee transmitir sobre el mundo o sobre sí mismo:

“Así enunciada la pregunta, parecería que uno es una especie de mesías venido al mundo con la santa misión de anunciar alguna nueva a la humanidad. Y ése no es, desde luego, el caso. No creo que uno escriba para lanzar dogmas altisonantes ni verdades atronadoras al universo. La escala, al menos para mí, es más modesta. Suelo escribir empujado por una necesidad íntima, última, sin la cual mi vida sería mucho más pobre y valdría (para mí, insisto) menos la pena. Escribir me procura una especie de intensidad o de plenitud momentánea, en el mejor de los casos. Algunos días es exaltante y otras dolorosamente difícil, pero de cualquier modo es algo que me completa, que tiene que ver con la configuración de mi identidad, con quién soy o sueño que soy. Para mí, por tanto, es algo importante, que ha condicionado mi vida en muchos sentidos, pero eso no quiere decir que tenga que serlo también para los demás, claro está. El «mundo» es un concepto demasiado amplio y abstracto para que quepa en mi pequeño escritorio. Recuerdo a menudo unos versos de la escritora norteamericana Emily Dickinson, que me gustan mucho: «Ésta es mi carta al mundo / que nunca me escribió». Creo que en cierto modo eso es lo que hacemos todos aquellos que nos dedicamos a emborronar papeles con mayor o menor fortuna: enviar cartas al mundo. Y el mundo –que es caprichoso– a veces nos responde y a veces no”.

Finalmente, se considera radical en lo que concierne al buen uso del lenguaje: “Creo que a veces olvidamos que las palabras, el sentido del lenguaje, es la materia prima de nuestro trabajo. Por eso me descubro ante los escritores que emplean bien los sonidos. Aquellos, para entendernos, que son músicos del idioma; y no hay tantos. Hay, de hecho, muy pocos. Eso es algo que admiro mucho y hacia lo cual, dentro de mis limitaciones, intento acercarme, aunque solo sea un paso. El lenguaje es un instrumento tan bien afinado, tan dúctil, tan preciso, con tal potencial de belleza y pensamiento, que me duele que se utilice de manera descuidada o chapucera. En eso, al menos, procuro ser exigente”.

Enrique Urbizu

Enrique Urbizu (Bilbao, 1962). Es uno de los pocos directores españoles que han tenido a gala que dirigir y escribir cine es un oficio, aceptando encargos como las adaptaciones de varias novelas de Carmen Rico Godoy, la realización de escenas para el videojuego Los justicieros o la escritura del guión de La novena puerta, para Roman Polanski, adaptación de El club dumas, de Arturo Pérez Reverte. Con el tiempo y una mayor experiencia ha tenido oportunidad de llevar a cabo el tipo de cine que más le gusta, y estas han resultado ser las películas que mayor éxito le han proporcionado. Si la que le puso en circulación como director fue Todo por la pasta (1991) y la que le devolvió a la senda con todos los bríos fue La caja 507 (2002), su última película, No habrá paz para los malvados (2011), acaba de recibir 14 nominaciones a los Premios Goya. Las tres cuentan con una buena dosis de género negro y criminal y lo convierten en un referente del mismo.

“Como cineasta, lo que más me interesa es dar con la puesta en escena exacta que pide la historia que quiero contar: el tono, el ritmo, la «forma cinematográfica». Ésa es mi lucha cotidiana. Ése es mi trabajo. Decía alguien que la primera obligación de un escritor es para con la literatura; en el mismo sentido, la primera obligación de un cineasta es para con su lenguaje, para con el cine. Y, ¿de dónde viene la «forma»? Siempre de la historia que estás contando: la historia es la que dicta el estilo”.

¿Algo propio, marca de la casa?

“Creo que soy el menos indicado para saber qué es lo «propio». De decir algo diría que «no me gustan los adornos; trato de captar lo esencial». También creo que se debe evitar la condescendencia para con el espectador, cueste lo que cueste. No siempre es fácil, pero me gustaría definirme mediante esta lucha”.

¿Algo específico que referir sobre el mundo? ¿Y sobre sí mismo?

“Intento no convertirme en mi propio objeto narrativo. No hago películas sobre mí mismo. En cuanto al mundo... intento decir algo con cada historia. Todo depende de la historia y de sus personajes. Creo que hay que tratar de ser contemporáneo en el sentido de no perder el hilo de los tiempos, aunque estés contando el Génesis... Hay que estar con los pies en la tierra y la mirada a la altura del ser humano. Sólo desde ahí se puede empezar a volar”.

¿Es radical en algo?:

“Intento buscar «la verdad»: la verdad de la historia; la verdad de sus personajes. Y convertirlo en CINE. Trato de ser sincero”.

Juana Salabert

Juana Salabert (París, 1962) Todavía recordamos su debut en 1996, con dos novelas el mismo año, Varadero y Arde lo que será, obteniendo con esta segunda la condición de finalista del Premio Nadal. Luego se ha consolidado, título a título, como la incansable trabajadora de las letras que es. Su novela Velódromo del invierno (2001) obtuvo el Premio Biblioteca Breve; en 2004 publicó La noche ciega y en 2007, con El bulevar del miedo, obtuvo el Premio de Novela Fernando Quiñones. Acaba de publicar La faz de la tierra (Alianza, 2011), una novela que aborda el tema del maltrato en la familia –los silencios, las zonas oscuras, la crueldad infantil...

“Uno nunca debería darse por satisfecho. Pero siempre noto cuándo un libro avanza porque durante el proceso de escritura empiezo a obsesionarme con los personajes, a dormirme y a despertarme pensando en ellos. Creo que se nota cuando un libro ha sido escrito por verdadera necesidad psíquica y estética, más allá de simples razones profesionales, y estoy segura de que un lector curioso y atento lo percibe. Lo que me importa en la escritura es dejar huella en el lector, emocionarlo, perturbarlo. Ser verosímil, auténtico y apasionadamente lúcido”.

En cuanto a si hay algo en su obra que estime que es propio:

“Pues no lo sé... Hay en mí temas u obsesiones reincidentes, de eso sí me doy cuenta, claro. Tales la filiación, la memoria, la identidad o el desasosiego. Están ahí, como presencias que varían mucho de un libro a otro, pero sin duda yo no soy la más indicada para señalarlas. Aunque podría indicar mi obsesión por rescatar siempre, siquiera sea para una simple mención fortuita, a un personaje del libro anterior para el siguiente, aunque estos nada tengan que ver entre sí. Suelo necesitar esa forma casi indetectable de lealtad para sentir que no termino de marcharme del todo de lo ya hecho, de mis anteriores seres de ficción. Una forma como otra cualquiera de rehuir los extrañamientos definitivos, por «horror vacui» o temor supersticioso a los finales sin retorno, al «borrón y cuenta nueva»”.

Dice no creer tener pretensiones de orden muy trascendente, pero:

“Sí quiero y sí necesito contar la reinterpretación simbólica de ese cúmulo de obsesiones, anhelos y ensoñaciones que de un modo u otro conforman «mi mundo», al filo de entramados sucesivos y diversos. De lo contrario, no escribiría. Contar historias entraña muchas cosas, especialmente si se pone el acento en el «cómo» contarlas, que es lo que siempre ha diferenciado la literatura del simple pasatiempo o frío ganapán profesional y circunstancial. En mi opinión, la literatura aborda, en todos sus géneros y variaciones, los conflictos del ser humano; especialmente el conflicto máximo, que no es otro que el de la existencia encomendada a la finitud”.

Algo de su trabajo en lo que sea radical:

“Bueno, no me tengo por alguien de talante muy «radical». Soy más bien dúctil y flexible, no escribo apegada a un único género o temática. Como lectora, no establezco jerarquías entre, por ejemplo, géneros, sólo me interesan calidades y emociones reales y no prefabricadas al mero uso comercial del momento. Y como novelista y cuentista, suelo saber de forma más o menos intuitiva cuando «algo» se apodera de mí, me atrapa y me va a acompañar de veras. Como dijo una vez Simenon: «Hacer que algo sea más verdadero que la verdad, todo consiste en eso». Y eso vale para toda la literatura, ya sea ésta fantástica o no. La escritura es duda, por supuesto, pero uno se asoma a ella desde la fe más absoluta en la ficción, que no es la mentira, sino otra, otras muchas maneras de «decir verdades»”.

Suplemento El Perseguidor, periódico Diario de Avisos,
miércoles 15 de febrero  

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