jueves, 22 de marzo de 2012

TRES POEMAS DE "LOS CHINOS"




TRAVESÍA



Lo veo
a
veces.
En mi
calle,
en
la
calle de
más allá, en algún bar
o
restaurante...
el
hombre mayor y

solo.

Cada paso que
da
es
todo
un maratón
para

él,

con
su bastón,
se
detiene
en
cada
metro que recorre
y
resuella fatigado.

Luego, mila-
grosamente,

continúa
ayudándose
de
las
paredes
de
las
casas;

su
boina,
su
chaleco,
el
aire
artístico,
la
dignidad
de
su
talante...

resulta épico
verlo
ahí,
detenido
en medio
de
la acera
mientras todos
pasan
de
prisa
a su lado.

(Debió
de ser un
hombre muy guapo;
es un
espíritu
libre).

Esta
mañana —volvía
de
comprar
algo
de fruta—
se
topó
con la larga
cola
de jóvenes
frente
al teatro (el público
del
programa
de
televisión que
se graba
en
la
esquina),

y,

no
pudiendo
aferrarse a las paredes, emprendió
la costosa travesía
por
el
medio
de
la
acera.



LOS CHINOS


Los chinos son unos tíos
muy hacendosos
que te venden
un bocata de jamón serrano
a las cuatro de la mañana.
En cualquier esquina...
Se ponen
ahí
adorables,
sobre todo cuando vuelves
a casa
con una copa
de más o de menos y
les dices
que quieres uno, pero
con tomate, y
ellos
no te entienden y tú
repites

tomate, tomate

hasta
que por alguna razón
(nada
que ver con
la palabra que dices
y tu insistencia)
sacan
un
bonito
tomate rojo de
una bolsa
de plástico y
empiezan
a cortarlo en rodajitas
casi perfectas.

En Sol
hay una china
de unos treinta y
pico
que está
muy bien
y tiene
unos ojos rasgados
increíbles que
lo saben todo
de ti y
de la vida.



HEREDAR


Mi abuela
vive
de
una
mísera pensión, no
tiene
otra cosa, y
recien-
te-
mente anda
un
poco
preocupada con
lo de
que
no
nos
va
a poder dejar nada
a
sus nietos,
lo
deja
entrever
sin
ser
demasiado
explícita,
lo
mucho
que ella nos quiere y
lo
poco
que tiene y
nos va a poder dejar
llegado el
mo-
men-
to.

(Así que nos hace
toallas de
cro-
ché y

centros de
me-
sa o

jerseys de
la-
na)

El otro día
se
me
acercó
con una fotografía
en
sus
manos,
como quien porta
un
tesoro,
y
se trataba de
una foto de cuando
yo era pequeño,
de pie en
el campo de
fútbol
con
el balón (una
pelota)
debajo
del
brazo.

Abuela
y
yo
nos
reímos mucho
mirando
la
foto,
sobre todo al
darnos cuenta de
la posición de
los dedos
de
una de mis manos,
algo que sigo
haciendo —cascarme
las
uñas
entre sí— y

me sorprendió tanto
descubrir
que
ya
entonces hacía.

Luego ella me
dijo:

Quédatela.

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