domingo, 29 de abril de 2012

EL MARROQUÍ OSAMA


El marroquí Osama era un tipo hermético y entrañable. Nos condujo a Tetuán y, otro día, en un atardecer lluvioso, nos llevó en su furgoneta a la montaña en frente de la ciudad: bajamos al río y, después de cruzarlo, ascendimos por el otro lado. Tetuán, empapado, parecía un lodazal. Tomamos caminos de tierra en los que, muy de vez en vez, encontrábamos a algún lugareño que se dirigía, solitario y bajo la fina lluvia, a alguna de las casas perdidas que se atisbaba por allí, entre los oscuros verdores del campo. Lo encontramos todo mucho más frondoso de lo que habríamos podido imaginar desde la ciudad: desde esta aquel lugar se mostraba, más bien, escarpado y pedregoso. Mientras conducía, Osama cumplía su cometido respondiendo escueto y misterioso a mis preguntas. Había algo en él que lo hacía extremadamente fiable: controlador, discreto pero atento, vigilante… Y a mí, llegado un momento, me sedujo la posibilidad de preguntarle, simulando cierto desparpajo, más allá de donde, al menos a priori, podía considerarse su obligación contestar. Nunca sabía si me había escuchado o no. Hasta que, por fin, respondía escueto, sin mirarme, conduciendo. Y en alguna ocasión, simplemente, dejó correr el tiempo tras mi pregunta, manteniéndome en ascuas, hasta que pareció que su respuesta era del todo innecesaria; o que se había distraído; o que no le apetecía responder y no lo haría.

Había aprendido español viendo la tele; los canales españoles. Y lo hablaba perfectamente, mucho mejor que otros marroquíes que he conocido. Y aquel halo de misterio, reserva e incansable expectación –si tenía en cuenta, además, su estrecho contacto con los españoles de Tetuán—, lo convertían a mis ojos en una suerte de agente doble marroquí-español. Se encontraba en medio de las dos comunidades y no perdía detalle. Cualquiera sabía si tenía algún secreto cometido, cualquiera podía imaginar que lo tenía. Como quiera que nada ni nadie parecía poder perturbarlo, yo me había propuesto jugar, ingenuamente, a una sutil insolencia: le comenté que, en España, un lugar como aquel, tan próximo a la ciudad y con caminos desiertos que podían ser tomados por escondrijos con vistas, sería un lugar muy propicio para que las parejitas acudieran, en coche, a “aparcar”. Esa fue, precisamente, una de las ocasiones en las que pareció hacer oídos sordos. Ni siquiera acusó el comentario: pareció interesarse por algún punto indeterminado allá adelante en el camino, miró hacia allí mientras conducía y, una vez hubo dejado correr el tiempo, dejo correr el comentario y la ausencia de respuesta también, sin más.

Desde allí, oscurecía antes de tiempo sobre una ciudad tamizada por diversos mantos de agua que, a rachas, con un sonido grave, tristísimo, se interponían entre nuestra posición y la ciudad escarpada, el lugar del que provenía el canto, la llamada a la oración. Los versículos del Libro eran emitidos a través de un megáfono desde lo alto de una mezquita, tan perdida en el paisaje de casas retrepadas a la colina de enfrente que resultaba imposible localizarla; de tal modo que el canto envolvía el paisaje, provenía de la ciudad y lo alcanzaba todo. Y nosotros, mi compañero y yo, grabábamos todo aquello a través de las ventanillas de la furgoneta de Osama, arrumbada en el lateral de un camino sin tránsito alguno.

Como es lógico, estuvimos allí un buen rato, para registrar el paisaje de la ciudad de Tetuán a medida que oscurecía. Las casas de Tetuán se fueron iluminando poco a poco, las luces salpicaban de un modo cada vez más tupido la forma de ballena varada que formaba la ciudad dentro del cuadro de nuestros planos, y Osama nos asistía. Incluso descendió con nosotros, en un momento dado, para cubrirnos con un paraguas mientras grabábamos. Una imagen que, al presenciarla, me hubiese resultado un tanto colonial (Osama con el paraguas en medio del campo, cubriendo a mi compañero que se afanaba por encuadrar y enfocar a través de la cámara), si no fuera porque se trataba de Osama e intuía que era capaz de ayudarnos sin dejarse atrapar por el menor sentimiento de sumisión (más bien al contrario).

Estábamos tan embebidos que apenas nos apercibimos que un coche se había aproximado por el camino. Osama, en algún momento, me pareció que le preguntaba al conductor si quería que apartase la furgoneta, pero el conductor debió de decirle que no era necesario, maniobró hasta situar su coche veinte metros tras la furgoneta, detuvo el motor y se hizo de nuevo el silencio.

Por fin noche cerrada, aunque las luces de la ciudad eran suficiente iluminación para que no estuviéramos completamente a oscuras, habíamos terminado nuestra grabación y nos dispusimos a abandonar el lugar. Osama dio marcha atrás por el camino de tierra, salvando a un lado el coche allí detenido y, justo en ese preciso instante, un coche de policía llegó y ocupó la confluencia con el camino principal, el lugar por el que teníamos que salir. Aquello nos desconcertó. Osama detuvo la furgoneta. No sabíamos si habían venido por nosotros. En los días que habíamos grabado en Tetuán ya habíamos tenido que vérnoslas con la policía en tres ocasiones. Osama lo sabía. Al mismo tiempo, miré hacia el coche allí aparcado –ahora los faros de la furgoneta iluminaban su parabrisas—: un hombre, cincuentón, sentado en el asiento del piloto, solo, y de pronto, en el asiento de al lado, una joven con velo, un hiyab negro (al principio oculta por el salpicadero) que irrumpía desde allí debajo y se componía correctamente en su asiento, con un gesto modoso y comedido. Él también componía algo bajo el volante. Era evidente lo que estaban haciendo. Sonreí. Hubiese sonreído ante aquella circunstancia en cualquier lugar del mundo, pero, además, el hiyab de la chica le confería a la situación cierta hilaridad teatral. Parecía una monja allí sentada en el asiento del copiloto.

Osama descendió de la furgoneta y fue a hablar con los policías. Fue sólo un instante. Le escuchamos intercambiar pareceres con ellos. Yo diría que no sólo habló de nuestra presencia. Luego regresó a la furgoneta y, mientras se disponía a ponerla en marcha, nos dijo que no había ningún problema. Les había dicho que éramos unos amigos suyos y que nos estaba acompañando porque queríamos hacer unas fotos de la ciudad. Podíamos irnos. Luego añadió que la policía se encontraba allí por la pareja. Le pregunté si estaba prohibido que las parejitas intimaran en un lugar como aquel y me dijo que sí. Le pregunté qué iba a pasar, si podían tener alguna clase de problema, y me respondió que, si no estaban casados, el hombre podía pasarlo muy mal.

En aquel momento, los policías llegaban junto al coche e intercambiaban unas palabras con el hombre. La joven permanecía en su asiento, recta, con el velo negro enmarcando su rostro joven y bello.

Una vez más, eso era todo lo que Osama estaba dispuesto a contarnos desde el mutismo misterioso con el que nos conducía.

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