jueves, 3 de mayo de 2012

LOS RETRATOS INÉDITOS DEL POETA LEOCADIO ORTEGA


Nicolás Melini

Cuando me dispuse a organizar una exposición sobre los poetas contemporáneos de la isla de La Palma –entre los varios propósitos, homenajear al primero de esos poetas que ha desaparecido—, sabía que apenas encontraría imágenes publicables de Leocadio Ortega. Solo una fotografía realizada por Miguel Calero durante la presentación de su único libro, “Prehistórica y otras banderas”, en la Casa de Cultura de Barlovento, y publicada ya en el número 1 de Azul, cuadernos literarios, en 1991 (amén de la que aparece en la solapa de ese libro de Ediciones La Palma, publicado en 1990). Aquella única presentación de su único libro se caracterizó, como conté en otro artículo a raíz de la desaparición de Leocadio (“Leocadio Ortega: Elementos de un naufragio”), por la presencia masiva e incondicional de las gentes de su pueblo, y porque Leocadio, tras la intervención de los presentadores, fue incapaz de pronunciar una sola palabra. Se quedó mudo, incapaz. La histórica instantánea de Miguel Calero recoge el instante en que la editora del libro, Elsa López, o bien lo introduce al principio, o bien retoma la palabra tras el frustrante silencio del poeta, arrancando una sonora ovación de ánimo por parte del público, “¡No te preocupes, Leo!”, “¡Bravo, Leo!”

En ocasiones, cuando ha sido necesario publicar una imagen de Leocadio Ortega, se ha recurrido a esa instantánea, debiendo suprimir a Elsa López. Y es de este modo que la hemos utilizado en la exposición, unas veces con Elsa, otras sin Elsa.

Pero poco después de realizar la muestra en la Casa de Salazar de Santa Cruz de La Palma, hace ahora un año (en abril de 2011), me contactó un amigo, el fotógrafo Pablo Espantaleón. Como saben, Leocadio Ortega falleció por accidente, al caerse al mar desde el muelle del puerto de Santa Cruz de La Palma. Pablo me comentaba que, casualmente, se había encontrado a Leocadio en una tasca del norte de la isla unas semanas antes del trágico suceso, y le había hecho unos retratos en blanco y negro. Me impresionó la oportunidad del fotógrafo, su agilidad al decidir, tan pertinentemente, realizarle unos retratos que tanta falta hacían; y me impresionó la fatal coincidencia en la consecución de su muerte. Luego, contemplando los retratos que me enviaba, sentí que ellos me permitían, de algún modo, despedirme de Leo. De pronto, el poeta al que había conocido regresaba para un último adiós.

Ahora, cuando nos encontramos a punto de conmemorar los cinco años de su fallecimiento –la exposición en la que le hemos incluido se encuentra en el Espacio Canarias de Madrid hasta principios de mayo—, traemos aquí 2 de sus poemas de "Prehistórica y otras banderas" y 3 de los retratos que le realizara Pablo Espantaleón aquel día.


Leocadio Ortega (Foto: Pablo Espantaleón)


INTERIORES

Por ella la noche avanza
con su propina de muslos blancos
le palpa la falsa alarma
el arco la flecha y el durazno

le averigua los olores
satinados de excelencias
–ni mu de vestigios lelos–
bella dama que desata
su magnífica envoltura
piel carmín
bien dispuesta en atributos

el nene y la nena se aprovechan
adivinan su llaga de ternura
y le orinan en la nuca
un cuco de palomas golfas.

Leocadio Ortega (Foto: Pablo Espantaleón)


OTRAS BANDERAS

Ya no basta un pequeño esfuerzo para respirar
hemos dejado atrás el viejo resplandor veleta
de las viejas naves que se suceden
con sus correspondientes redes
anemómetros jarcias arpones buriles
y es duro empujar el aire
hacia adentro
con solemne puntualidad
varias veces por nostalgia
hacia adentro
hasta la bajada del reno y del mamut
como en sus mejores tiempos cuaternarios
para que nadie nos rompa la libertad de beso
y nuestras elocuentes banderas salgan a relucir
como aspas a la redonda o sandías alimenticias
tarareando las rebosadas ansias de un júbilo no desierto
entreverado en las arenas de una playa de nunca y siempre
que nos devuelve a nuestra propia condición
de seres simultáneos continuos y enmadejados

inconmensurables así lo dictan los crepúsculos de la aurora
los mismos que nos han visto nacer y desnacer por experiencia
previo lavado común en los unánimes hospitales de amanecida
donde seguro que dios no llega ni por asomo
y surge la gran cuestión desgarradora y simple al mismo tiempo:
¿le faltan ganas algas dalias y agallas a dios?
¿se ha puesto enfermo despistado viejo ciego y olvidadizo dios?
¿o será carencia de fósforo calcio vitaminas nata lo que le sucede a dios?
¿necesitará oídos barbas pelos uñas u dientes postizos dios?
¿le vendría bien un buen trago de aguardiente de la tierra a dios?

de todos modos y consumado esta especie de ceremonial en babia
y según las lunas prados y las yerbas
desencajados solos y sin dios ni cielo aire agua vick vaporup ni nada
para seguir bamboleando el azogue de la sombra
en varengaje o maniobra de pájaro abierto
aquí seguimos como acantilado en pie o sed de manantial
mientras en los dulces pechos de la primavera crecen y vuelan mujeres
como ramitas estremecidas por los nidos de gorriones
que apuntan innumerables el granero de los bosques
calcomanías completas donde surgen compañeros como astros
que duermen subidamente en su puñado de historia
tren de océano río de dragos
según venga la vida y alicientes necesarios.

Leocadio Ortega (Foto: Pablo Espantaleón)


Publicado en el suplemento El Perseguidor, del periódico Diario de Avisos

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